domingo, 4 de septiembre de 2011

Los colores de Nueva York

La bandera de la ciudad de Nueva York celebra el pasado holandés de la ciudad. Aunque no posea el diseño del estandarte de las Provincias Unidas de los Países Bajos, repite o intenta repetir sus colores.
Presente en los edificios de la ciudad y las casas particulares, también se le ha visto aparecer en distintas instancias del Open; no obstante, sin la insistencia de otros pendones que han empezado a poblar algunos campamentos de los participantes.

Una tela que no ha dudado en levantarse en el verano neoyorkino ha sido el de la bandera blanca. Pero no la bandera blanca de la tregua, sino de la rendición, del abandono, del ya no vamos más.
Ocho encuentros han visto el retiro de una de las partes. Por motivos serios o dudosos, los tenistas que han abandonado, levantan desde ya muchas más interrogantes que respuestas sobre sus cabezas.
¿Calendario asesino? ¿Poco profesionalismo? Cualquier pregunta se puede realizar sin hallar un verdadero sentido a las respuestas que obtenemos.
Desde ya, ansiamos el debate que debe abrirse en torno a la cuestión del almanaque tenístico que no deja mayor descanso a los participantes del circuito. Una moledora de carne o una especie de calendario republicano francés, que finalmente quita más de lo que da a favor del trabajador.

Los arces blancos, rojos y de la montaña, los robles españoles, los nogales negros, incluso los abetos entre otros tantos árboles, conforman durante el verano y los primeros días del otoño de Nueva York, un espectáculo difícil de igualar por lo vistoso.
Mahut y Nadal prometían en estos días de septiembre una jornada igual, sino parecida, por los colores y diferencias entre ellos.

“Árboles tan distintos entre sí, producen mejores luces y sombras.”

La fórmula no funcionó en la pista del Arthur Ashe. Un partido común y mediocre por parte de ambos tenistas; siendo el francés, el peor de ambos con diferencia.
Muchos errores no forzados por parte de aquel; un pésimo servicio, que a estas alturas de su carrera no se entiende.
Sin posibilidades de quiebre en todo el partido. Recapitulemos, sin posibilidades el galo de romper el servicio de Nadal en dos sets, porque solo se juegan un par de ellos, solo dos, no más. ¿Árboles en Nueva York? Mahut es un árbol caído en medio de la pista del Arthur Ashe.

John Isner es por su cuenta y riesgo, un árbol gigantesco en medio del verano neoyorkino. ¿Secoya o eucalipto? Eucalipto por supuesto, el norteamericano no podría ser otro. Con un comienzo algo tardío en el tenis profesional debido a su paso por la universidad, el nativo de Carolina del Norte nunca ha podido destacar en uno de los cuatro torneos grandes, más que por su épico partido con Mahut en Wimbledon.
Mientras Mahut está listo a ser convertido en leña, Isner podría por fin echar mejores raíces en el suelo sintético de Flushing Meadows. Como un eucalipto rebelde, que por mucho tiempo se creyó imposible que creciera fuera del Trópico de Capricornio y que hoy en día, sigue su incontenible paso hacia el norte.
El gigante descarga toda la artillería sobre su compatriota Ginepri. Lo acomete desde atrás y no duda de subir también a la red. Mete una veintena de aces y no concede ni una doble falta. Finalmente lo quiebra una vez en cada uno de los tres sets que juegan. Hace exactamente lo que se le pide o lo que él ordena para otros en el campo de juego. Todo es voluntad.
Tal vez algún día nos encontremos a un eucalipto creciendo con esfuerzo entre el asfalto o en medio de una cancha de tenis. De seguro, John Isner sería el primer ejemplar de esa especie en probar aquellos terrenos.

Hay un muchacho que ve la bandera de la ciudad de Nueva York y se siente en casa. Tiene 24 años y una apariencia descuidada. Al frente tiene al conocido Andy Murray, tan descuidado como él y que cuenta también con la misma edad.
Recuerdo al año 87 como un buen año. Para los vinos en cambio, fue un año mediocre. No tan malo como el 84, pero nunca tan bueno como lo dos años que lo precedieron o los otros tres que lo sucedieron.
¿Y para el whisky? Excelente cosecha, nacía Andy Murray. El escocés a diferencia de su rival, despuntaba muy temprano en el circuito tenístico. Se hacía estrella muy pronto. ¿Su problema? La consistencia de su juego, porque naturalidad es la que le sobra.
¿Qué se bebe en Holanda? Cerveza y ginebra por supuesto. Los tercios en Flandes sufren ante el “coraje holandés” y aquel proviene de la bebida flamenca.
Haase, que es el apellido del muchacho desgarbado, lo tiene a mal traer en los primeros dos sets a Murray. En la primera manga lo iguala en lo suficiente y se diferencia de aquel en lo escaso…la tranquilidad. Así lo supera en el tie break.
No necesita ninguna ayuda de afuera, su coraje viene de adentro. Lo atraviesa al británico con una lanza que alguien le presta de afuera. El imperio se tambalea y pierde el segundo set.
Murray entonces vuelve desde más allá del posible desastre. Rearma la armada y conquista las siguientes dos mangas para sus colores. En el último set la lucha es más pareja, pero igual gana el británico. La bandera de Nueva York se queda tal como es, casi holandesa, pero el idioma que se habla aquí y que incluso también Haase domina un poco más después de hoy, es el de Andy Murray. ¿Inglés? ¿Gaélico? ¿Escocés? No, el propio y único dialecto de Andy Murray es el que predomina.

Alex Bogomolov Jr. tiene el mejor año de su carrera a los 28 años. En una galopada fulgurante ha remontado más de 120 posiciones en lo que va del 2011. Sin lesiones a la vista, el estadounidense tiene un segundo aire que parece haber buscado durante toda la segunda parte de su carrera.
Nadie lo detiene aún lo suficiente. Ha ganado y perdido durante todo el año, lo que le ha impedido de triunfar en un torneo hasta el día de hoy. Pero cada vez que ha caído, lo ha hecho con la suficiente entereza de mantener su confianza al tope, es por eso que su impulso hacia adelante lo continúa llevando a mejores posiciones.
Hoy se encarga de vencer al brasileño Rogerio Dutra. Lo hace en sets corridos. Nada más allá del esfuerzo que se espera de un tenista, solo un poco mejor que su contrincante. Esa sería la definición perfecta de su juego, solo un poco mejor que sus contrincantes.
Más vivo y con más color. Ese pequeño esfuerzo ha probado ser lo mejor para su desempeño en el cuadro donde le ha tocado jugar. Ese poco, a veces es suficiente y casi siempre necesario. El pelirrojo ya lo sabe.

Andy Roddick depende como pocos jugadores de lo bien que sirva durante el partido. Si la mayoría de jugadores ven al servicio como la base de su juego. Para Roddick el saque no es solo la base, sino casi todo el edificio de su tenis.
Contra Sock no hace demasiado alarde de su servicio. Aquel es importante, más no decisivo. Lo ayuda a ponerse a punto del tiro ganador y de forzar el error del contrario. Es allí donde el nuevo “bombardero” está teniendo sus mayores éxitos.
¿Veremos un Roddick híbrido y con traje de otro color en lo que resta del torneo? Tal vez, una sorpresa positiva como aquella no le haría nada mal al torneo que está sufriendo de la carencia de partidos excepcionales. Hay más retiros que regresos en esto del tenis. Esperamos el retorno del viejo Andy o del nuevo Roddick, cualquiera de los dos será suficiente. ¡Dale bombardero!


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Los seres de Nueva York

Nueva York es hogar y parada final de muchos seres singulares. De personas que no se sienten cómodas dentro de ningún conjunto o sociedad conocida. Aquellas son un uno y nada más.
A la ciudad llegan y se ven atraídas decenas de entes que nunca se han de sumar a las personas comunes, o incluso, a entes como ellos mismos. Pero esta última condición, bajo ciertas circunstancias, es doblada hasta su rompimiento, y es allí que surgen múltiples posibilidades para contar una historia.
La urbe que acoge el US Open es una ciudad atrayente, por todas estas historias de seres singulares que se pueden narrar. Pasemos a listar entonces algo de lo que ocurre dentro de ella…

Nadie entiende a Radek Stepanek; incluso el apodo singular con que lo llaman, tiene más y mejor sentido del que se pueda encontrar en el rostro de aquel. Aún su nombre, cuenta en su haber con cierta rima, la cual no tiene respuesta en la cara de quien es el intérprete.
El tenista va cuesta arriba desde un principio, su cara en sí, es una endemoniada cuesta arriba.
Hay feos a los que se les mira y hay otros feos a los que se les voltea la mirada. Aquellos de los que no queremos saber nada. No los entendemos. Ni siquiera podemos entender como pueden inspirar el amor. Creemos erróneamente que nacieron huérfanos.
Radek Stepanek es amado por la Vaidisova, todo el tiempo. Y cuando juega bien al tenis, es posible que sea amado por nosotros también. Le perdonamos todo, su mal comportamiento y su difícil personalidad.
Hoy el checo abandona el torneo, se va por la puerta de atrás, lo vemos huyendo. En su declaración de rentas pone que vive en Montecarlo; pero hoy no puede aguantar, ni vivir en Mónaco, con lo que le devuelve Mónaco, Juan Mónaco. Una paliza en toda regla y el retiro del checo.
Las buenas lenguas dicen que la Vaidisova vino con él a Nueva York, las malas lenguas, que son las más, cuentan que luego de la derrota del tenista, ambos hicieron turismo en la ciudad y que se subieron juntos al Empire State. ¿An affair to remember con Cary Grant y Deborah Kerr? No.
Digamos solo que King Kong Stepanek cura sus heridas y se aparta del mundo nuevamente.

Coney Island ha cambiado, vaya si ha cambiado con los años. Primeramente, Coney Island ya no es una isla, es una península. Sus calles dejaron de ser dominadas por rufianes, prostitutas y ladrones de poca monta. Y sobre todo, su destino ya no lo rigen los hombres de Tammany Hall.
Alguna vez en el pasado, antes del avistamiento de la Estatua de la Libertad por parte de los inmigrantes y marinos, lo que los recibía desde tierra era el Elefante de Coney Island. Demás está decir que el Elefante de Coney Island era un burdel.
Luego sus calles fueron conocidas como centros de entretenimiento un poco más descafeinados y de corte familiar. Abrieron parques famosos como el Steeplechase Park, el Luna Park y el Dreamland. De todos ellos, el Dreamland era una categoría aparte en cuanto a los “espectáculos” que presentaba. Si los romanos tuvieron sus coliseos y gladiadores, los neoyorkinos de la primera mitad del siglo XX tuvieron al Dreamland y sus “freak shows”.
La mujer barbuda, los siameses y los enanos, algún que otro “pinhead” y el hombre de goma.

Nueva Orleans es el puerto de entrada del caucho natural dentro de los Estados Unidos, pero es Nueva York donde Reed Richards y la futura “Mole” traban amistad.
Monfils no tiene a ninguna mole que le cuide las espaldas de los matones, ni siquiera de un Ferrero que pareciera haber vuelto.
Los rivales se van a cinco sets. Pero es Monfils el que iguala sus errores y aciertos en ochenta y uno. Nadie puede ganar y perder tanto sin volverse loco o perderlo todo. Monfils se va a los extremos con su forma de jugar el tenis, yendo de aquí para allá sin ninguna previsión necesaria. Ferrero tarda su tiempo en medir el tamaño de la goma que tiene adelante.
No, Monfils no se ha de romper; lo que Ferrero concibe, es contraerlo hasta hacerlo minúsculo. Reducirlo a la mínima expresión para que ya no pueda hacer la diferencia.
Todo es exagerado en la vida de Monfils. Aún su forma de jugar al tenis. Su mayor cantidad de errores y aciertos, de aces y dobles faltas, de victorias, y como hoy, de derrotas, de derrotas en cinco sets.

Ivo Karlovic parece un náufrago. La barba descuidada, los ojos perdidos y esos pasos que quisieran tropezar más que avanzar, hacen pensar, de que está siempre más cerca de la derrota que de la victoria.
Al frente, el francés Gasquet más que su exacto opuesto, pareciera pertenecer a otra categoría. Sus movimientos casi perfectos en el campo de juego, lo deberían poner en un futuro, como ejemplo de cómo se debe de golpear una pelota de tenis. Pero hasta la perfección conlleva sus problemas, si no cuenta con un alma que la vaya conduciendo desde atrás.
El croata se aferra a ese tamaño de árbol que tiene durante todo el partido. Desde allí descarga una batería de aces y primeros servicios que demuelen la línea defensiva ideada por el galo. Gasquet carece de explosión y del alma de un mártir. Nunca se le ha de ver levantando la mano para ofrecerse de voluntario para nada. El es parte del grupo, del montón y de ese lugar cómodo nadie lo ha podido sacar. Ha encontrado la comodidad de los pastos y solo come de allí, le han crecido cuatro estómagos y se siente bien siendo una vaca. Pónganle la campana y llévenle de vuelta al establo, que aquí se encarga de confundir.
Karlovic gana el partido en cuatro sets y pasa a tercera ronda. Sigue con vida en el US Open. ¿El francés? Solo conoce da la buena vida y sus derrotas.

No podemos descartar a Berdych en el torneo. Nunca ha de ser la carta más alta de todas, pero con su número aún se puede vencer cualquier información negativa que se tenga de él. Todavía tiene crédito suficiente para aceptarle la apuesta por un par de años más.
Hoy le gana con autoridad a Fognini. Está a la altura de la pelea que le pone el italiano en el primero y le responde a aquel con todo el arsenal que guarda en algún lugar recóndito. Ese lugar que ni él mismo sabe dónde queda con exactitud.
Luego lo arrasa al mediterráneo en el segundo y tercero. Lo vuelve inhabitable. Nada de provecho crece a su alrededor. Ni una planta. Ni siquiera el ligur puede convertirse en un solitario hongo. Nada.
Berdych se prepara para el siguiente partido, sueña seguramente con junglas, selvas y bosques. Sueña con Nueva York entonces.

Berlocq destruye a Riba en la primera ronda. Djokovic hace lo mismo con el triunfador de aquella ronda. El pez grande se come al pequeño. Y al pez grande se lo filetea un extraterrestre. Algo anda mal en la secuencia. Repitamos.
Mejor no sigamos, pues ya queda meridianamente claro que cualquier secuencia va a salirse de tono al poner a Djokovic en ella. Así de diferente se presenta el serbio.
Berlocq entiende su humilde papel en el partido y aunque no disfruta de su comienzo, luego se une a la fiesta. No es falta de seriedad lo que hace el argentino, es simplemente intentar perder con la dignidad intacta. Sin traumarse porque le están dando una paliza.
Consigue dos games en todo el match. Pero esos dos games no se los regala Djokovic, él los gana. Lo importante es que el gaucho pierde el partido, pero nunca lo entrega. Retirarse es entregar el partido. No es ser pez pequeño o grande. Simplemente, es ser el gusano ensartado en el anzuelo que nadie muerde. Simplemente eso. Bien por Djokovic y Berlocq que salvan el día y una buena pesca para los espectadores.


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jueves, 1 de septiembre de 2011

Enfermos y recuperados en Nueva York

El día comenzó con una recurrente burla. Aquella vieja broma de que Soderling se retiraba del US Open. Sonrisas de por medio, el encargado de brindar la noticia la volvía a repetir…Soderling está fuera del torneo y su lugar lo ocupará Rogerio Dutra.
Un mazazo tremendo para todos al principio, luego las clásicas chanzas sobre el gigante sueco, las cuales lo comenzarían a comparar maliciosamente con el Vasa. Típico y cruel humor neoyorkino, aquel de bailar sobre la cubierta mojada del galeón a punto de hundirse.
Su retiro de Montreal, su no aparición en Cincinnati y su deterioro final en Nueva York lo convertían en un blanco muy fácil de pegar. Al comenzar el tercer día, Soderling pasaba a ser el Vasa y a cambiar Estocolmo por el Upper Bay como lugar de naufragio.

Rogerio Dutra, el reemplazo, tenía solo unas horas para ensayar sus líneas y repetir sus parlamentos. Solo unas horas para intentar sorprender al irlandés, que fungía hasta antes de la primera ronda, de ser rival de varios y sin rival aún.
Y lo sorprende en el primer set, lo atrapa como nos atrapa Nueva York. Dejándonos en blanco, en cero, debiendo. Un winner en toda la primera manga para Sorensen. Uno solo.
Las fuerzas se igualan en el segundo set y vuelven a inclinarse hacia el brasilero en el tercero; era suficiente para el irlandés. Él también, como una sombra posterior de Soderling, podía retirarse. El enigma Dutra lo había vencido, nunca lo pudo descifrar.

Las mejores vistas de los rascacielos de Nueva York las tienes alejándote de ellos. En el camino a Liberty Island por ejemplo, cuando tomas el Ferry y simplemente volteas hacia atrás. O cuando te escapas de improviso a Central Park de noche y los ves brillar como si la perfección por fin le pudiera pertenecer al hombre. El acero y el vidrio, dos extremos imperfectos, se unen para crear la perfección.
El Empire State fue erigido en un año. A Juan Martín del Potro le tomó dos semanas erigirse, apuntalarse en la historia de Nueva York. El tenista argentino alguna vez prometió regresar, le significó harto esfuerzo el poder volver. Este miércoles cumplió su promesa, con idas y venidas, pero la cumplió.
Claro que existen otros jugadores que actúan en el torneo y que asimismo lo han ganado; también están los otros, que se levantan a mayores alturas que su gigante persona, sean jugadores o no, solo hay que darse una vuelta por cualquier calle de la ciudad o entrar a ver un partido en el torneo. Claro que existen, pero las consideraciones con del Potro son otras.
En la cancha del Armstrong le da una terrible lección a Volandri. De esas clases magistrales que acogotan el espíritu del alumno por su complejidad y no lo dejan volar, ni menos contestar. Que aburren al alumno y aburren a los espectadores. Del Potro hoy no está para exquisiteces, ni mayores brillos. Solo está y se encuentra aquí, para cumplir una promesa, para apuntalarse en medio de la cancha, para nuevamente formar parte de la vista de la ciudad.
Desde Central Park o camino a la Liberty Island. Desde la olvidada Roosevelt Island, antigua casa de locos y criminales, lo han de ver a Del Potro, porque el tandilense está intentando enhebrar una locura, cometer un gran crimen; aquel que le indica el regreso a la vida, a su vida, a ser grande aquí en Nueva York. Justamente aquí, en la ciudad donde se reúnen los ogros y gigantes. Justamente aquí, donde el ya fue grande.
Juan Martín le da una terrible lección a Volandri, le gana en sets corridos. Pero sin brillos. Le basta con ser eficiente, tal vez mecánico. El acero y el vidrio, imperfectos como son, lo vuelven perfecto.
Se dice que logras la mejor vista de los rascacielos alejándote de ellos. Tal vez deberíamos, por esta vez, hacer justamente lo contrario. Dar entonces la vuelta y aproximarnos a las canchas del Flushing Meadows. Acercarnos para ver a Del Potro, que no ha de rascar el cielo, sino que lo va a intentar tocarlo por segunda vez. Un gigante de verdad.

Andy Murray le gana con algún tipo de complicación a Devarmann. A veces dentro del partido y otras veces fuera, el escocés debería cambiar al terapista que lo ve hasta hoy. Debería en su lugar, meterse por los recovecos de esta ciudad y hacerse leer las cartas. Si necesita refuerzo a su carácter, cualquier gitana se lo va a dar.
Un billete grande, y la mujer luego de leerle también las manos, lo ha de convencer que es el mejor. Lo ha de convencer que tiene el mejor back del circuito. Luego de leerle la palma de la mano y para confirmar también, el revés de aquella.
Murray necesita esos refuerzos que lo mantengan en el camino, pues muy fácilmente pareciera irse de los partidos.
Ya no solo basta con jugar bien. El juego se ha convertido en algo tan competitivo, que para ganar a otro, se debe traer a la mezcla cualquier cosa que pueda servir.
Murray, siendo un poco gitano (de carácter), como es, debería saber de estas cosas de antemano. Para ganar en Nueva York, se necesita de toda la artillería con que pueda contarse y de cualquier fórmula que sume más de lo ya sumado. Solo así va a poder vencer en la Gran Manzana.

John Isner pareciera haberse fugado de una exhibición entre la Central Park West y la 79. Pareciera tener una armazón entre natural y diseñada por el hombre. 85% huesos, y el restante material, creación genuina del hombre.
Un Parasaurolophus. Un herbívoro. Un gigante buenote, que pareciera no estar completamente cómodo siendo bípedo. O que finalmente podría estar igual de cómodo siendo tal como es.
El estadounidense le gana a Baghdatis. El chipriota, un ser más bueno incluso que nuestro gigante preferido. Un tenista querido por el público y los jugadores, le da dura pelea a Isner. Lo lleva a cuatro sets, incluyendo dos tie breaks. Nada de eso parece importarle al mediterráneo en el momento de darle la mano a su rival. Una amplia sonrisa refresca la tensión entre ambos. Hay dos acepciones y dos sinónimos para la palabra carismático. Estos son, Baghdatis y Marcos Baghdatis.


Hay que procurar la estadía de Roddick en la ciudad. Hacer que haga lo que quiera, que se sienta contento y que vibre más los partidos, porque parece que se está yendo. No hay que dejar que lo haga entonces. Hay que bajarlo de la cuerda.
Año 1984. Henry Garfield, más conocido como Henry Rollins canta en Black Flag. Canta The Swinging Man. Nuestro Swinging Man es Andy Roddick, y si lo queremos como dice la canción, lo vamos a bajar de la cuerda, o del trompo o barrena donde haya entrado.
En el Arthur Ashe, Russell lo hace sufrir más de la cuenta. Lo lleva a cuatro sets. Un tenista mucho mayor que Roddick lo hace sentir viejo a aquel.
Algo sucede entonces, cuando el leve parecido entre Rollins y Roddick los hacen verse aún más alejados entre ellos. No queda mucho del espíritu combativo en el tenista, no queda nada de la torpeza explosiva que podía enredar al tenista más inteligente en la final de Wimbledon.
Roddick gana, pero pareciera estar al otro lado de la pista. Incluso en otra cancha. No hay que dejar que se vaya, no hay que dejar que piense entonces, porque queremos a nuestro viejo Roddick. Al torpe que ganaba los partidos, pero que también los vibraba.


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martes, 30 de agosto de 2011

El sol de Nueva York

El sol ilumina la mañana de Agosto en Nueva York. Ilumina el tramo, la parcialidad o totalidad de los hombres que han llegado hasta aquí.
Ilumina el enorme deseo de Lu contra Tsonga. La resistencia entregada en enteros. La primera ronda del Open es un drama demasiado importante para dejar de contarlo.
Lu también es protagonista, y tanto, que su aspecto juvenil iguala su propio fondo. Son veintiocho años batallando. Y poca gente, muy poca lo conoce. Alguien en primera fila pregunta por el “juvenil” asiático. Algún otro de atrás, de muy arriba en las graderías, cree haberlo visto durante la segunda semana del torneo el año pasado. En el campeonato juvenil, eso es.
Tsonga gana finalmente, en sets corridos. De verás es duro el drive del francés. Cualquier cuadro de campeonato se abre al deseo de su mano. Y a la presión que desde allí se imponga.

El sol de Nueva York no solo sale para todos, sino que logra alumbrar e iluminar a todos. El joven Bubka lo sabe. Tiene ya veinticuatro años y su primer sorbo, sino gota de gloria, lo recibe aquí en Flushing Meadows. El primer triunfo en un Grand Slam.
Tenía que ser entonces al mediodía, en eso consistía la jugada, en que la hora fuera distante del alba y del ocaso casi por igual, en que la hora lograra que la sombra del padre no fuera tan larga y no se proyectara hacia el infinito y lo dejara a aquel en oscuridad.
Nadie sabe si el buen Sergey vino a observar a Sergei. Lo que se sabe, es que hace unos días el siempre correcto Jim Courier calentó y jugó un rato con el joven Bubka. ¿Qué tanto lo calentó?...nadie lo sabe, o tal vez sí. Los mejores conocedores dirían, que lo hizo tanto como lo haría un sol generoso en Agosto.

Si quisiera, Gulbis podría no jugar más al tenis. Pero no lo quiere así. El lituano es millonario. Millonario y talentoso. Y si nos vamos por la otra margen, si así también lo quisiera, Gulbis podría ser mucho mejor y ser sobre todo más consistente en su tenis. Pero tampoco lo quiere así.
Cada año que pasa, la promesa de su despegue tiene un nuevo retraso. A veces se olvida de quién es y otras veces, se toma demasiado en serio. La cuestión es que siempre se queda a mitad de camino. Nunca le alcanza el combustible para llegar.
En la primera ronda vence a un Youzhny deslucido y desenfocado. Lo hace añicos. Conociendo al ruso, debe haber hecho varias veces crack por dentro. Su ropa de seguro lo mantuvo unido. Al menos por un momento. Una vez que se la haya sacado luego del partido, debe haber caído con ella. Ya hecho pedazos o añicos. Cualquiera de las dos posibilidades que tenga los trozos más pequeños.
El lituano mientras tanto debería tratar de pensar fuera de su circuito usual. Mudarse a un estanque distinto, porque aquel donde está, ya no lo deja respirar. Dejar entonces de ser alimentado por trozos de babkas, spurgos y sakotis, para empezar a coger la torta completa. Ya es tiempo.

Hubo alguna vez en Nueva York y durante el lapso de poco más de ciento diez años, un periódico llamado The Sun. Conservador como pocos e icono de un periodismo serio que no pudo sobrevivir al tiempo, fue aquel diario casa del gran Francis Pharcellus Church. ¿Qué habría pensado el viejo editor sobre el US Open actual? ¿Quién sería su jugador favorito?
Solo podemos imaginar y desear que lo fuera Djokovic. Que lo fuera luego del mal traer y llevar al irlandés Niland el día de hoy. El editor habría logrado poner en su contra, en un inicio, a una de las más grandes comunidades de la ciudad, pero igual habría escrito y deleitado con sus letras.
En la cancha del Arthur Ashe existe Djokovic, solo él. Niland estuvo equivocado en abandonar tan pronto, pero estuvo más desacertado aún, en imaginar hacerle un mejor partido al serbio. Porque solo aquel a quien se le rompe la propia ilusión, puede acabar devastado como queda el irlandés al final de su abandono. Con las propias manos cubriéndole el rostro. Niland es sobre todas las cosas, un hombre.
De su tragedia, el editor Church habría construido el mejor hatajo de letras. Era el primer partido de Grand Slam para aquel, al menos de los que cuentan en las estadísticas. Pero bajo la superficie del gran torneo, poca gente podría contar que el mismo Niland gana tres partidos para llegar a la derrota de su peor martes. Entonces, después de todo, esas manos cubriendo el rostro del irlandés, son también las de un héroe cansado, que existe como Djokovic y que no es menos a pesar de su abandono.
Aun así, Djokovic habría sido el favorito de Church al mediodía. Y Nadal a su vez, lo sería para la edición vespertina de The Sun. Y todos felices entonces, con la pluma del viejo Francis deshilando las incidencias del torneo en ambas ediciones.

James Blake es de Nueva York, de Yonkers para ser más precisos. ¿Y cómo es Yonkers? Es un típico caso de ciudad en Estados Unidos. Una ciudad que tiene la misma cantidad de población desde hace casi cincuenta años, pero cuya composición determina las diferencias con el ayer más lejano. Yonkers también es suburbio de la ciudad de Nueva York. Con un universo propio, pero asimismo, como parte importante de la gran manzana que compone. Cuando el sol sale en Gotham, no se pone en Yonkers podría ser un lema de la ciudad. Lema que la ubicaría no como rival, pero tampoco como igual a la urbe de hierro.
Eso último poco le puede importar a Blake, pues aquel ya no vive en Yonkers, ni en Nueva York, sino en la lejana Florida.
El estadounidense gana en la Armstrong en cuatro sets, dejando demasiadas dudas para la segunda ronda. Porque ya no es el que era, y para ser sinceros, tampoco lo fue por mucho tiempo en el pasado. Recordemos, Blake tiene treinta y un años y vive en el estado de Florida. Queens, hoy por hoy, ha dejado de ser su patio de atrás.

Nadal camina sobre la cornisa del rascacielos, de un rascacielos que se diferencia de los otros, por ser más alto, y por tener formas distintas, casi raras, que confunden la vista y los pies de quien avanza.
Nadal termina siendo quebrado muchas veces durante el partido. Golubev lo lleva de un lugar a otro. Lo saca a pasear por toda la ciudad, le hace el tour, pero aún así no le gana. Le falta cabeza y tranquilidad al kazajo. Muchos winners a su favor y demasiados errores no forzados en la cuenta del tenista asiático.
Nadal se esfuerza y logra obtener todos los puntos importantes del partido. Fueron tres sets, pero pudieron ser cinco o más, si pudiera haber más sets. Pero sobre todo, pudo significar la primera derrota para el español en primera ronda. La primera antes del último sol de Agosto en Nueva York. Septiembre espera ahora por Nadal y los que ganaron hoy. Septiembre espera.

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Nueva York lo tiene todo.

Nueva York lo tiene todo. Tiene por ejemplo, desde finales de Agosto y por el lapso de dos semanas, el torneo que cierra la temporada de los Grand Slam.
Nueva York cuenta con todo. Cuenta también, por así decirlo, con una porción mayor al todo, cuando un joven de apellido Harrison se da maña para batallar contra el gigante Cilic y tenerlo contra las cuerdas, en un deporte que justamente carece de ellas.
El moderno Goliat gana finalmente, pero nada queda fuera de los cálculos. Tan grande es la historia de Nueva York que puede permitirse el reescribir los relatos antiguos sin ningún tipo de ofensa o queja por parte del público asistente.

La interestatal 678 te lleva del aeropuerto John F. Kennedy al parque Flushing Meadows –Corona que es donde se lleva a cabo el Open de los Estados Unidos. Gotham es a veces tan grande, que es necesario recalcar que el área metropolitana de la ciudad tiene dos aeropuertos más que sirven a la misma. La sorpresa continúa, si develamos que en un futuro y a más de 60 millas habrá un cuarto aeropuerto funcionando para seguir contribuyendo a ese enorme caldero que finalmente es Nueva York.
Pero la mayoría de tenistas llegan al país por el terminal que queda en Queens. Y es en Queens, en el Hotel Marriot del Ditmars Boulevard, donde muchos de ellos se hospedan.

No muy lejos de allí, en el famoso Queens College, el por entonces desconocido Jerry Seinfield se graduaba en teatro y comunicaciones. Corría el año 76 y el que hacía marcas sobre la pista central del West Side Tennis Club de Forest Hills era Jimmy Connors, ganador de ese año en arcilla. El único tenista que ha ganado el torneo en sus tres superficies distintas.
Escondido ya de las cámaras, el estadio que albergó esa final y las finales del torneo hasta el año 78, se va cayendo a pedazos. Poca gente sabe de esto. Nueva York es tan grande, que tales tragedias pueden esconderse de la mayoría de la gente, por largo tiempo y con gran silencio.

En cambio, hay vítores que irrumpen en el nuevo coliseo, que conmueven la Arthur Ashe del día lunes. Antes de que empiecen los partidos de noche, Mardy Fish le da una lección de Tenis al germano Kamke. ¿Y quién es Kamke?, se preguntan algunos eventuales que le hacen barra al local y dejan algo de lado al extranjero. Lo que se sabe, es que el alemán es de la ciudad de Lübeck. Famosa aquella por los mazapanes, aquel alimento suave que se deshace al contacto con la boca. Kamke es un buen mazapán, se deshace aún antes de llegar a la boca de Fish. Se desbarata con la sola mención del nombre de aquel.

Nueva York después de todo, como cualquier ciudad, es conocida por aquellos que triunfan aquí y por aquellos otros que solo buscan hacerse famosos asociándose a su nombre. Que buscan crear el impacto necesario con su presencia, un leve temblor de piso al llegar. Unos quince minutos de fama.
La cáscara de chocolate de la pastelería del Tonnie’s Mini se está volviendo famosa en todo Harlem. Le está tomando menos tiempo que el cambio que se da en la corteza de Manhattan. Ubicada en la Lenox Avenue y a un par de cuadras del teatro Apolo, la pastelería recién mudada no ha sido aún víctima del temperamento del barrio, marcado por la falla de la calle 125. Sí señores, hay una falla tectónica que cruza pleno Harlem.
Mientras tanto en Flushing Meadows, el colombiano Falla crea uno de los primeros impactos en el torneo, al derrotar en cinco sets al serbio Troicki. Un leve temblor, un golpe en las apuestas al darle vuelta en el marcador.
El colocho se guarda de darle más que un apretón de manos a su rival vencido, los que han perdido y lo han hecho continuamente, saben que hay cosas que duelen más que la propia derrota.

Solo un poco después, Giraldo, el compatriota de Falla, es testigo de que sus mejores golpes no tienen el efecto necesario sobre la andadura de Federer. Al final, el suizo se cuida de evitar darle algo más que la mano a su rival. Sabe de la derrota, a pesar de no estar asociado a ella.
El próximo rival del helvético será Dudi Sela; el israelí que siempre pareciera empatar su mejor performance cuando se comenta de él. Otra vez segunda ronda para el nacido en Tel Aviv, otra vez ante un héroe de la urbe de hierro, así lo confirman los cinco títulos de Federer aquí y su mejor porcentaje en torneos de Grand Slam.

Mucha gente se pregunta, ¿por qué tantos héroes hacen sus nidos en esta ciudad?...hay algo de animal antes que humano en los héroes, lo que nos permite preferir la palabra nido a casa para ellos. Y hay algo de jungla antes que de ciudad en Nueva York. Lo que nos permite inferir la preferencia de mutantes, alienígenas y hombres solitarios por este pedazo de tierra extraña.
Desde el Bronx hasta sus límites con Yonkers, de Long Island hasta la (a veces) aburrida New Rochelle, o si preferimos, el tramo corto que va de Midtown hasta Queens, varias veces Queens, por la cantidad de superhéroes que esta zona urbana ha legado a los comics, los seres extraños han optado por aparecer en las páginas de sus múltiples guías telefónicas.
En Douglaston creció McEnroe, que es un poco héroe y villano, y otro poco, mutante alienígena y Dios del Tenis. Allí crece su amor por el deporte, como una venganza y como un virus sin curación. Dice desde su tribuna, que uno de los cuatro grandes ha de ganar el torneo. No cree en sorpresas el viejo John, ni tampoco en el té de tías, es algo así como un Dios demasiado grande y cansado para comentar alguna novedad.

Hay una vieja leyenda recurrente e insistente en las imprentas de la ciudad. Aquella que traslada a los Ramones a cualquier punto del globo para pedir una hamburguesa o papas fritas en las cadenas americanas de comida rápida. Hay algo de amor por la cocina de su niñez y hay algo de provinciano también, en ser vecino de la ciudad más grande del mundo.
Gael Monfils es el contrario de Johnny Ramone. Desbarata a Dimitrov en tres sets y desbarata a su vez, el mito del ombliguismo francés en cuanto a sus comidas. El galo siente que podría comer cualquier alimento en medio de su estancia neoyorquina. Para sliderman, el único no, la única kryptonita en su dieta, serían los quesos, cualquier queso luego de su abandono en Madrid. Una hamburguesa sin queso y jugosa entonces del Paul’s Place en Saint Mark’s Place para Monfils. O si nos ponemos exquisitos una (the) DuMont Burger del mismo DuMont de Brooklyn. Nueva York tiene miles de restaurantes y millones de cocinas que nunca han preparado un alimento. Todo ocurre rápido en la gran manzana, no por las distancias, ni por una actitud febril de sus habitantes, sino porque hay mucho en cada rincón de la metrópoli. Incluso en los meses de Agosto y Septiembre hay un abierto de tenis en la ciudad. Un abierto, en la urbe más abierta y cerrada del mundo.
Nueva York lo tiene todo, como decían los Ramones. Y eso no es ser provinciano o viajado, es solo decir la verdad o más aún, clarificar con una certeza, el conocimiento de ver una vez, solo una, algo infinito con nuestros ojos.

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martes, 23 de agosto de 2011

Cincinnati. La semana romana de Andy.

Aunque aquel mismo no lo sepa, los siete últimos días del escocés han completado una semana romana en medio de los Estados Unidos…

Andy Murray acaba de ganar el Masters de Cincinnati y en medio de la celebración por su victoria, es posible que no recuerde si le debe algo a la fortuna por el título recién conseguido. Es posible también que no recuerde como aquella trabaja y los plazos que debe de cumplir. Sigue siendo más seguro aún (hagamos la apuesta en una rueda) que no sepa quién es Boecio o siquiera lo haya oído nombrar.
No sería del todo descabellado entonces, que la primera vez que vino por aquí, el bueno de Andy haya confundido el origen del nombre de la ciudad con el de una tribu india. Sigue siendo más seguro aún, que no le interese siquiera la historia de Cincinato, aquel arquetipo de virtudes romanas.

Después del desastre de Montreal la semana pasada, a Andy le quedaba meditar la estrategia mientras reculaba en su habitación del Hotel. El primer partido de Murray lo llevaría a enfrentar a Nalbandián. El argentino que siempre ha sido una incógnita, solo le opuso resistencia en la primera manga. La rueda giraba de nuevo para Andy, llevándolo esta vez hacia arriba.
Luego vendría Bogomolov, que a sus 28 años, pasa por el mejor momento de su carrera. Aquel le opondría dura resistencia, especialmente en el final, pero aún así caería ante el juego del británico. Al buen desarrollo de Murray en el partido, se le sumaba a su favor otra variable, el cansancio que tenía el rival llegado desde la ronda de clasificación. La fortuna le sonreía al joven británico una vez más.

Gilles Simon lo esperaría en cuartos con un gran equipaje de sets a cuestas. El francés venía de batallar encarnizadamente sus partidos y de triunfar en todos ellos. El escocés mientras tanto, se organizaba en torno a su saque para evitar mayores sorpresas.
El resultado demostró la estrategia superior del británico y el guiño de la fortuna al colocarle una piedra más a la cansada espalda del galo.
Mardy Fish resultaría siendo el más peligroso de todos sus contrincantes. Antes y después. El estadounidense tendría varias oportunidades para sacar el partido adelante, pero sus errores le detendrían igual cantidad de veces. En el set definitivo ambos jugadores se turnarían en los quiebres hasta llegar al tie break. Fish terminaría por doblar la rodilla en otra pelota tonta que no supo defender.
Andy había ganado sin hacer mayor cosa, pero también sin haberse ido del partido en los momentos más desesperados. Sin duda, el partido más difícil de todos, por lo vivido y porque la fortuna nunca pareció sonreírle en demasía al británico, ni siquiera en la ventaja que significó un Fish desconocido y extremadamente torpe.

La final lo llevaría a enfrentar al casi invencible serbio. 57 victorias y solo una derrota en toda la temporada parecerían asustar a cualquiera. Pero Murray no estaba asustado, a lo mucho nervioso. Al menos cuando no pudo mantener la ventaja bien entrado el primer set. Pero algo ocurría en Djokovic para ceder la igualdad nuevamente y para no encontrarla nunca más. El serbio no se recuperaría finalmente y terminaría por perder el partido al retirarse antes de tiempo.

¿Qué tan roto puede estar un jugador que en la parte física se mostraba entero hasta el día anterior? ¿Cedió aquel el Masters para tener chances en el US OPEN?
Como estás dos preguntas se pueden hacer muchas otras, que al fin y al cabo serán solo especulaciones hasta que llegue el día de la contienda en Nueva York.
Lo seguro es que si el serbio se hubiera entercado, decidiendo resistir un poco más, la lluvia pronosticada lo habría salvado. Al menos por un momento. Aquel no lo quiso así.

Murray mientras tanto festejaba a la fortuna sin saberlo. Atraía en una danza silente a la lluvia que terminaba abruptamente la ceremonia de premiación. ¿Habrá cambiado con ello la suerte de Murray para el abierto de los Estados Unidos?
Nadie lo sabe aún. Andy ya piensa en Nueva York y en repetir lo conseguido aquí. Piensa en prolongar por dos semanas más, su semana feliz en Cincinnati. Tiempo suficiente para mejorar su tenis y también para saber de Boecio y Cincinato. Pero sobre todo, tiempo suficiente para lograr que las nubes negras no vuelvan a opacar su carrera. Con baile o sin él.


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Cincinnati. Iguales entonces.

Muy al principio de cada partido, el juego de Nadal se convierte en algo así como el cemento recién vertido, en algo así como el concreto recién puesto sobre la base.
Suelto, poco consistente, entre líquido y nervioso, que lo lleva a apuros y errores.

No importa entonces que Verdasco haya perdido los once partidos que ha disputado con Nadal hasta el momento. Importa solamente que aproveche ese resquicio que aquel le va a dar al comienzo del match. Así lo hace, y lo quiebra en el primer game, para luego confirmar con el suyo.
Verdasco y Nadal sabían de esta variable antes de empezar. Y a pesar de que uno lo intenta evitar, es el otro el que le saca el máximo beneficio a aquella.

Verdasco puede estar muy cerca con cada game que transcurre. Pero también corre el riesgo de que el cemento de Rafa empiece a secar. A mitad del primer set vuelven a igualarse en todo. En aciertos y errores. También en el marcador. De allí hasta el final de la manga, los espacios que ceden ambos, son los espacios que se conciben en un vals perverso. Bailando demasiado cerca para no impedir tropezarse entre sí y tan juntos a la vez, para que uno pueda agarrarse del otro y eviten así la caída de ambos.
Llegan hasta el tie break y Nadal lo gana. Verdasco ha gastado más, pero ha recibido el mismo pago de siempre. Las inconsistencias del primer Nadal son entonces las mismas que las del Verdasco de hoy. Y lo seguirán siendo en el segundo set, donde esta vez es el manacorense el que falla en hilar sus propios puntos trabajados.

El tercer set es un calco del primero y del segundo. ¿Cómo podría ser distinto? Hoy ambos españoles se funden en la misma mezcla viscosa y clara. Se van demoliendo físicamente, pero también lo único que les responde, sin errores, es el físico y esas ganas de no rendirse.
Los games van a uno y otro lado, pero otra vez no se separan demasiado. No importan las once anteriores disputas. Hoy son iguales, y lo siguen siendo cuando uno le rompe el servicio al otro y aquel otro le devuelve la rotura. Tanta es la semejanza y parecido entre ellos, que los espectadores no terminan de leer una hoja, para que se les de la misma hoja y se les obligue a leerla de vuelta.

Es un infinito, pero que no cansa, y que se agradece. Llegan entonces hasta el tercer tie break del partido y está definición es aún más peleada e igual que la misma igualdad. Once a nueve a favor de Rafael. Un once a nueve que podría haber sido al revés y haberse leído también sin ninguna dificultad. Nadie habría reclamado.
Es la duodécima derrota de Verdasco en igual número de enfrentamientos. Pero tan distinta, que al menos por un instante, habría que poner el record a favor de Nadal en once victorias y un empate. Ponerlo así, hasta que sean otros, aquellos otros que no vieron este partido, los que lo cambien. Y pongan entonces la verdad, y nos dejen con los mejores sueños a nosotros, que a veces (muy pocas veces) queremos que partidos así se igualen. Porque simplemente lo merecen los jugadores y nos lo merecemos nosotros. Iguales entonces.


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