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lunes, 12 de septiembre de 2011

Proezas en Nueva York

Es un partido formal el que proponen en un inicio, Federer y Djokovic. No arriesgan en sus golpes, no recorren con fuerza el campo de juego y tampoco miran con fiereza desmesurada a su oponente.
Los golpes que devuelven, parecen seguir un plan pactado por ellos mismos. Como una ceremonia ideada entre ambos, ya sea para un concierto antiguo que no existe más, o una guerra fría cuyas luchas más importantes se dan en campos distintos al principal. Son cientos de espectadores los que se encargan de buscar en las afueras por lo que no se ve adentro.

- Están en el grandstand - dice uno de los asistentes, señalando la cancha equivocada.

Ambos tenistas disparan, pero no les es posible encordar ni un poco de la magia que se necesita en estos encuentros; ni siquiera, un truco simple, capaz de ser desentrañado por el espectador que sigue con atención el partido.
Pegan, pero para ellos mismos. Golpean la pelota, sí, pero son como cañonazos de salva saludando a la escuadra enemiga antes del combate.
¿Se estudian? Nunca tanto, se conocen demasiado. Podría ser más bien, un repaso final de la lección aprendida. Solo eso.

Recién en el quinto game se sueltan de sus amarras y empiezan a proponer a la vez, golpes de puño y formas bellas que evolucionan en el aire. Eso es el tenis. La geometría siendo ideada para ser llenada casi de inmediato con el músculo.
Ambos van sumando sobre su juego. Haciéndose fuertes con el servicio.
Roger Federer podría mover a sus rivales en un espectro de 180 grados, y de 360 grados también, si las reglas de tenis se lo permitieran. Porque su humanidad, eso ya lo sabemos, le permite esas proezas.
Dominador tanto de la geometría plana como de la espacial cuando lo quiere así, desarma su golpe a veces en varias partes, para confundir al rival que tiene al frente y que le da la espalda a su vez, sin saberlo.
El suizo pareciera haber estudiado la geometría desde su principio en el tiempo, con los egipcios, y luego también haberles terminado por enseñar a ellos, lo que el mismo con la práctica y ya no con la teoría pura, había descubierto.
El fuego, su propio fuego, sería descubierto también en el Wimbledon del 2003.

Djokovic por su parte, siempre siguiendo, persiguiendo y repitiendo a su rival. Siempre imitando y mejorando. Aprovechándose del otro, pero para bien, para crear finalmente algo mejor.
Nunca dejando de seguir a su presa hasta la prehistoria. Reuniéndose en torno a los lechos de los ríos ya extintos y de los cassettes de vhs con las mejores jugadas de Federer, cuando aquel aún no era el Federer que todos conocemos.
Nole sigue reconociendo en la margen izquierda del río suizo que cruza, una oportunidad. Viendo en el terreno tanto de arcilla, de grass o del mismo US Open, las huellas y marcas características que deja Roger.
Hasta allí lo sigue al suizo. Hasta allí llega y encuentra a un Federer de veinte años. Tan insistente es el serbio en encontrar a su rival, que a veces lo memoriza lo suficiente, para poderse permitir continuar en su búsqueda al momento de cerrar los ojos. Su tenis así, no deja nunca de seguir sumando horas.

Mientras el primer set continúa su curso, los rivales persisten yendo de proeza en proeza. Juntando momentos que simplemente quedan fundidos, más que grabados.
Así llegan hasta el tie break, con Federer manejando una leve iniciativa que le da el poder sacar primero. El suizo se agarra de esos filamentos que sobran de la prenda hecha y desde allí, en solo un instante, lo descose por completo a Djokovic. Le gana la primera manga.

En el segundo set, Federer rápidamente quiebra a Nole. Sus decisiones son mejores y afectan el juego ya armado del rival. Se adelanta por unos pequeños instantes a la pelota que le mandan. Hay intuición de parte de Roger en estos momentos. Aquel se ha dado maña para construir un camino distinto, en ese enorme juego cerebral que desarrolla. Un camino hecho de ladrillos amarillos desde el Peekskill de Baum hasta el Queens de Federer. Una senda que el suizo sabe caminar sin ningún problema, porque ya es suya y siempre fue suya.
La diferencia comienza en el primer servicio de Federer y en la efectividad del mismo. Aún cuando un incidente surgido en los altos del estadio lo desconcentra lo suficiente para perder su servicio, el suizo tiene suficiente bagaje para quebrarlo de nuevo al serbio como inmediata respuesta. El helvético gana la segunda manga y se pone cada vez más cerca de otra proeza.

El serbio pareciera haberse quedado demasiado tiempo viendo los viejos videos de Federer, sin haber prestado la suficiente atención a este nuevo sparring que se le planta en la cancha central. Luce cansado solo en lo visual, como si el fruto de su cansancio fuera el trasnochar estudiando al rival desde una televisión prendida en su cuarto de hotel. Estudiando obsesivamente, hasta que las barras de color (SMPTE) de las televisoras lo despidieran en la noche y le volvieran a dar la bienvenida en la mañana.
Sus ojos pegados a esa pantalla, totalmente hipnotizados por el recuerdo de un Federer distinto al de hoy. Como si Nole estuviera imaginando jugar con el Roger de ayer y no con el rival actual.
El suizo le gana los dos primeros sets al serbio. Y aquel pierde ante dos rivales que son el mismo, que terminan jugando distinto también.

Pero Djokovic aprende muy deprisa. Su talento le permite seguir construyendo, mientras el contrario recibe los aplausos de una anterior jugada. Es en ese momento de reflexión que Nole sigue aumentando y sumando. De repente en el tercer set, ya puede jugar no solo contra el Federer de hace años, sino también contra el actual.
En la casi mitad del parcial lo quiebra a Roger y con cada minuto que pasa lo va opacando más y más. Novak le devuelve todo tipo de formas con los disparos que le lanza al suizo. Desde tallas de madera hasta esculturas en piedra. Desde figuras de mármol hasta armas de metal en forma de lanza y apuntando hacia el centro de su rival.
Aquel ha notado que el juego de piernas del suizo no es el mismo de sus dos primeros sets, el esfuerzo le ha pasado factura y es allí al costado de las líneas donde descarga sus mejores pelotas. El serbio se lleva la tercera manga.

Djokovic continúa su resurgimiento a costa de un Federer que a ratos parece ido, y por momentos también, totalmente entregado a la forma efectiva del juego de Nole.
Es en el cuarto set, donde las diferencias se acrecientan tanto, que los que esperaban el triunfo de Roger, empiezan a temer que la lucha se haya descarrilado para el suizo.
Y es que el liderazgo de Federer era exacto. Lo llevaba solo un poco más adelante que el serbio. El dominio de Nole, en cambio, es excesivo. Apabullante. Tocando los límites de lo grosero. Ocasiona una crisis seria en las matemáticas, que ya no dan el mismo resultado, por más que sumes las mismas cantidades, una y otra vez, una y otra.
Los dos sets del serbio no son iguales al par que tiene Federer en su haber. No lo son.

El quinto parcial se inicia con mejores augurios para Novak, pero ya al empezar el set se nota el cambio de actitud en el suizo. Ha decidido darlo todo finalmente, y todo, es lo que trae al Arthur Ashe.
El de Basel empieza sirviendo y descargando trallazos sobre el rival. El reinado de los ángulos imposibles ha vuelto a la pista y Djokovic se encarga de responder al desafío machacando también la bola con extrema fuerza y precisión sobre los puntos muertos.
Van juntos por las avenidas y se separan en las pequeñas calles y callejones al costado de las líneas, arman sus respectivas bandas y se encargan de licenciarlas para empezar a formar ejércitos. Imponen la leva en la ciudad y recorren muy temprano en la mañana los barrios más calientes para convencer a los mejores entre los buenos para que se unan a ellos.
Lo usan todo y lo gastan todo en su camino a la mitad de la quinta manga. Nueva York se ha cansado de brindar superhéroes y también de traer héroes reales a esta lucha de dos facciones que se presentan iguales en el quinto set.
Roger saca y pasa adelante para ponerse cuatro a tres en games. Nole sirve para volver a poner las cosas en su sitio, pero falla en su intento. Queda completamente solo cuando comete doble falta y también cuando termina por entregar el servicio.

Federer lo tiene todo servido y se acerca con tres saques seguidos a la victoria, para ponerse 40-15 en el game; doble match point para el suizo. Saca entonces, y lo que Nole devuelve a un costado, no se sabe aún cómo definirlo.
Sí, fue un punto, un gran punto. Pero, ¿no fue suerte? ¿No fue desesperación lanzando su último grito de la tarde? ¿No fue acaso también molestia por todas las oportunidades perdidas? Y todo esto desde el lado del serbio.
Desde la mitad de la cancha del suizo, fueron también muchas otras cosas luego de que se concluyó el punto. Cosas que se pueden decir y palabras que no se deberían nunca de juntar. No existen matemáticas para tantos insultos reunidos. Ni tampoco lenguas que los contengan.
El suizo no ganaría un game más en el partido y terminaría cediendo el triunfo.

Ese primer match point salvado, podría ser la bola que marque un antes y después en la carrera de Federer.
No lo queremos así, porque un nuevo capítulo a esta edad solo podría significar ir llegando al final del libro. Y aunque improvisada y magnífica como fue esa bola de Djokovic, no merece ni por asomo ser el punto final para los mejores triunfos del suizo.
No permitamos que la redondez de esa pelota de tenis nos confunda con ser un signo de puntuación. No permitamos esa mentira; y sobre todo, no dejemos que Federer caiga también en el engaño.


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domingo, 4 de septiembre de 2011

Los gigantes sueñan en Nueva York

Si convenimos en la definición: “que un rascacielos es un edificio que se destaca por su altura sobre los de su alrededor”, entonces la altura a alcanzar de un edificio en Nueva York para ser denominado rascacielos, debe ser significativamente mayor que el promedio de altura necesitado por otros rascacielos en el mundo.
Es simple, el promedio de altura de los edificios de la Gran Manzana es mayor que la altura promedio de las estructuras construidas en cualquier ciudad de la tierra.
Si aplicáramos el mismo razonamiento para definir qué es y qué no es en la ciudad de Nueva York, tendríamos entonces que aceptar por ejemplo: que un sueño para ser verdaderamente un sueño aquí, debería necesariamente ser más completo y más grande que la ilusión común de cualquier otro lugar donde se sueñe. Es que aquí no es suficiente dormir y creer que se ha soñado. Aquí hay que soñar, y construir sobre ese sueño desde siempre. Arriesgarlo todo como si no hubiera mañana.
Dream big! Podría ser una frase acuñada por un Humphrey Bogart de la historia. Pero viene a ser una frase demasiado común en Queens y en Brooklyn para desconocerla. Es el grito de guerra que cualquier padre proletario le enseña a su hijo en esta ciudad.
¡Sueña en grande!, nada más vale.

Al inicio del sexto día de competencia, son seis los gigantes que corren con vida. Al final del sangriento sábado, cuatro de ellos han fracasado en sus intentos de alcanzar los octavos de final. Mañana, los dos gigantes que quedan, buscarán su pase a la siguiente ronda, para tentar un lugar entre los dieciséis mejores de la competencia.
Berdych, es el primero que cae. Lo hace muy temprano. No le alcanza el cuerpo ni siquiera para completar la segunda manga. Una lesión en el hombro derecho lo lleva a solicitar atención al final del primer set y luego de ir perdiendo holgadamente la siguiente manga, lo hace optar por el retiro.
Tipsarevic con tranquilidad acepta el resultado que le da la primera victoria contra el checo. Sabe que hay cosas más importantes en su futuro inmediato. En octavos tendrá que enfrentarse al español Ferrero, que si tuviera que contar la historia del serbio, la contaría como la suya propia. El español también gana su partido contra su compatriota Granollers en similares circunstancias.
El catalán se retira en el segundo set, luego de acusar una lesión en la espalda.
Es el décimo retiro de jugadores masculinos desde el inicio de la competencia, una cifra preocupante de que algo no viene bien en el calendario exigido a los tenistas profesionales.

Federer es el encargado de traerse abajo al croata Cilic. Pero no le resulta nada fácil al experto suizo. En el primer set, corren pegados a la hora de convertir sus puntos y casi empatan en tiros ganadores. La diferencia se da en la mano de Roger, que es única para no errar cuando el combate se trata de no morir tontamente. Federer arriesga, pero solo hasta cierto punto, allí donde no le conviene estar, lo deja solo al croata para que siga perdiendo puntos. El helvético gana el primer set.

El croata aprende la lección con un poco de ayuda de parte del suizo en la segunda manga. A pesar de ese tipo de memoria que solo le es posible tener a los grandes jugadores, por momentos pareciera que el tenista de Basel no supiera en donde es que debe de pisar. Cilic es superior al momento de atacar. Escala con más resolución los puntos que debe de ganar y lo arrincona a su rival.
Es un Yeti en toda regla. El suizo no ha conocido nada parecido en los Alpes y es por eso que de la confusión, pasa a una segura derrota en el set.
En la siguiente manga tenemos las cosas un poco más claras, Cilic es bueno. Es bueno, pero tiene un saque lamentable. Tiene casi dos metros de altura y lo necesario para ser un Yeti, pero también posee un saque que es una vergüenza, y que inspira una risa o una sonrisa burlona, si es que no queremos enterrarlo con nuestras críticas.
Lo mismo sucede en la cuarta y última manga, el saque de Cilic sepulta antes de tiempo lo que pudieron ser sus mejores jugadas. El abominable hombre de las nieves se ha derretido y ha sido enterrado en sus propios errores, en su propia avalancha.

Ivo Karlovic es un edificio. Una construcción con una gran cantidad de fierros salidos en el último piso, necesarios para aumentar siempre un nivel más.
El ucraniano Dolgopolov podría ser la próxima estrella del circuito, tiene consigo el talento necesario para seguir avanzando a costa de gigantes buenos como Karlovic y gigantes malos como su propio orgullo.
Ambos tienen sueños, pero los sueños de Dolgopolov se basan en el futuro y no en lo ya ocurrido. El ucraniano pierde ajustadamente el primer set por un tie break, pero íntimamente ya sabe lo que debe de hacer en los siguientes sets.
Lo primero es hacerlo correr al croata hasta verlo derrumbado sobre la cancha sintética, lo segundo es mejorar el saque contradictorio que tiene. Muchos aces en su haber, pero pocos primeros servicios. Dolgopolov cumple a medias lo que planea, incluso manteniendo los errores en su servicio, no le es difícil la victoria final sobre el gigante de Zagreb.

El sudafricano Anderson se muestra frágil a primera vista. Tiene una altura imponente, pero en apariencia, su peso no es el mejor. Aún así, ha destruido a sus dos anteriores rivales. Como en la vida, el deporte es un juego de espejos.
El mayor problema que tiene Anderson, es que nunca en todo su tiempo jugando en el circuito ha podido enfrentarse a Mardy Fish. Ambos tienen su mejor año y van para adelante.
El norteamericano juega en casa y es un jugador más potente y con más experiencia que su contrincante. Las cartas que le convienen a su juego van con él.
Todas las estadísticas del partido o casi todas, se las anota Fish en su haber. El sudafricano al final del juego luce más cerca que nunca de su rival. Un esfuerzo más y lo habría alcanzado. Ya tendrá otras oportunidades en su futuro para vengar la derrota que un feliz resucitado le propina.

Davydenko está dispuesto a realizar con Djokovic lo que nadie de verás se ha atrevido a hacer con él. Esto es, no solo ganarle, sino ganarle en su propio juego. A punto jugado, punto contestado con mayor velocidad. El ruso es una pared en los primeros momentos del partido.
Nole reacciona con grandeza y gana los puntos importantes. Es un juego de ángulos increíbles y también de mucha calma en el centro del campo. Ambos rivales se conocen demasiado para saber que lo que se viene no va a ser fácil. Novak gana el primer set.
La segunda manga empieza con mejores visos para el ruso. El juego es de fondo y es el que le conviene a aquel. Djokovic entra en el juego de Davydenko, el ruso es el lobo.
Nole está a punto de ser quebrado al comienzo del set, pero así como es insistente el ruso en su juego, también es dado a perder pelotas simples. Luego, a mitad de la manga se encuentran empatados en tres games por bando, Djokovic aprovecha una leve distracción en su rival o tal vez un momento de locura y lo quiebra con su servicio.
En el siguiente juego, el serbio confirma con su saque la ventaja ganada. El de Belgrado se hace del segundo set.
Hemos sido engañados todos por el serbio. Aquel juega con las esperanzas del ruso y de aquellos que queremos ver algo más de lucha en el último partido de la jornada. Davydenko era el lobo, pero ha perdido todas sus armas ante el balcánico.
El tercer set es una sinfonía ejecutada desde un solo lado, Djokovic rápidamente rompe el servicio del rival y condiciona a su contendor a escucharlo hasta la última nota que interpreta. El ruso no tiene de que quejarse, ha presenciado un concierto excepcional de parte del más grande tenista que existe hoy en día. El público y el escritor dejan atrás a su preferido, mientras el público celebra el triunfo del serbio, el escritor deja la pluma y aplaude.


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martes, 30 de agosto de 2011

Nueva York lo tiene todo.

Nueva York lo tiene todo. Tiene por ejemplo, desde finales de Agosto y por el lapso de dos semanas, el torneo que cierra la temporada de los Grand Slam.
Nueva York cuenta con todo. Cuenta también, por así decirlo, con una porción mayor al todo, cuando un joven de apellido Harrison se da maña para batallar contra el gigante Cilic y tenerlo contra las cuerdas, en un deporte que justamente carece de ellas.
El moderno Goliat gana finalmente, pero nada queda fuera de los cálculos. Tan grande es la historia de Nueva York que puede permitirse el reescribir los relatos antiguos sin ningún tipo de ofensa o queja por parte del público asistente.

La interestatal 678 te lleva del aeropuerto John F. Kennedy al parque Flushing Meadows –Corona que es donde se lleva a cabo el Open de los Estados Unidos. Gotham es a veces tan grande, que es necesario recalcar que el área metropolitana de la ciudad tiene dos aeropuertos más que sirven a la misma. La sorpresa continúa, si develamos que en un futuro y a más de 60 millas habrá un cuarto aeropuerto funcionando para seguir contribuyendo a ese enorme caldero que finalmente es Nueva York.
Pero la mayoría de tenistas llegan al país por el terminal que queda en Queens. Y es en Queens, en el Hotel Marriot del Ditmars Boulevard, donde muchos de ellos se hospedan.

No muy lejos de allí, en el famoso Queens College, el por entonces desconocido Jerry Seinfield se graduaba en teatro y comunicaciones. Corría el año 76 y el que hacía marcas sobre la pista central del West Side Tennis Club de Forest Hills era Jimmy Connors, ganador de ese año en arcilla. El único tenista que ha ganado el torneo en sus tres superficies distintas.
Escondido ya de las cámaras, el estadio que albergó esa final y las finales del torneo hasta el año 78, se va cayendo a pedazos. Poca gente sabe de esto. Nueva York es tan grande, que tales tragedias pueden esconderse de la mayoría de la gente, por largo tiempo y con gran silencio.

En cambio, hay vítores que irrumpen en el nuevo coliseo, que conmueven la Arthur Ashe del día lunes. Antes de que empiecen los partidos de noche, Mardy Fish le da una lección de Tenis al germano Kamke. ¿Y quién es Kamke?, se preguntan algunos eventuales que le hacen barra al local y dejan algo de lado al extranjero. Lo que se sabe, es que el alemán es de la ciudad de Lübeck. Famosa aquella por los mazapanes, aquel alimento suave que se deshace al contacto con la boca. Kamke es un buen mazapán, se deshace aún antes de llegar a la boca de Fish. Se desbarata con la sola mención del nombre de aquel.

Nueva York después de todo, como cualquier ciudad, es conocida por aquellos que triunfan aquí y por aquellos otros que solo buscan hacerse famosos asociándose a su nombre. Que buscan crear el impacto necesario con su presencia, un leve temblor de piso al llegar. Unos quince minutos de fama.
La cáscara de chocolate de la pastelería del Tonnie’s Mini se está volviendo famosa en todo Harlem. Le está tomando menos tiempo que el cambio que se da en la corteza de Manhattan. Ubicada en la Lenox Avenue y a un par de cuadras del teatro Apolo, la pastelería recién mudada no ha sido aún víctima del temperamento del barrio, marcado por la falla de la calle 125. Sí señores, hay una falla tectónica que cruza pleno Harlem.
Mientras tanto en Flushing Meadows, el colombiano Falla crea uno de los primeros impactos en el torneo, al derrotar en cinco sets al serbio Troicki. Un leve temblor, un golpe en las apuestas al darle vuelta en el marcador.
El colocho se guarda de darle más que un apretón de manos a su rival vencido, los que han perdido y lo han hecho continuamente, saben que hay cosas que duelen más que la propia derrota.

Solo un poco después, Giraldo, el compatriota de Falla, es testigo de que sus mejores golpes no tienen el efecto necesario sobre la andadura de Federer. Al final, el suizo se cuida de evitar darle algo más que la mano a su rival. Sabe de la derrota, a pesar de no estar asociado a ella.
El próximo rival del helvético será Dudi Sela; el israelí que siempre pareciera empatar su mejor performance cuando se comenta de él. Otra vez segunda ronda para el nacido en Tel Aviv, otra vez ante un héroe de la urbe de hierro, así lo confirman los cinco títulos de Federer aquí y su mejor porcentaje en torneos de Grand Slam.

Mucha gente se pregunta, ¿por qué tantos héroes hacen sus nidos en esta ciudad?...hay algo de animal antes que humano en los héroes, lo que nos permite preferir la palabra nido a casa para ellos. Y hay algo de jungla antes que de ciudad en Nueva York. Lo que nos permite inferir la preferencia de mutantes, alienígenas y hombres solitarios por este pedazo de tierra extraña.
Desde el Bronx hasta sus límites con Yonkers, de Long Island hasta la (a veces) aburrida New Rochelle, o si preferimos, el tramo corto que va de Midtown hasta Queens, varias veces Queens, por la cantidad de superhéroes que esta zona urbana ha legado a los comics, los seres extraños han optado por aparecer en las páginas de sus múltiples guías telefónicas.
En Douglaston creció McEnroe, que es un poco héroe y villano, y otro poco, mutante alienígena y Dios del Tenis. Allí crece su amor por el deporte, como una venganza y como un virus sin curación. Dice desde su tribuna, que uno de los cuatro grandes ha de ganar el torneo. No cree en sorpresas el viejo John, ni tampoco en el té de tías, es algo así como un Dios demasiado grande y cansado para comentar alguna novedad.

Hay una vieja leyenda recurrente e insistente en las imprentas de la ciudad. Aquella que traslada a los Ramones a cualquier punto del globo para pedir una hamburguesa o papas fritas en las cadenas americanas de comida rápida. Hay algo de amor por la cocina de su niñez y hay algo de provinciano también, en ser vecino de la ciudad más grande del mundo.
Gael Monfils es el contrario de Johnny Ramone. Desbarata a Dimitrov en tres sets y desbarata a su vez, el mito del ombliguismo francés en cuanto a sus comidas. El galo siente que podría comer cualquier alimento en medio de su estancia neoyorquina. Para sliderman, el único no, la única kryptonita en su dieta, serían los quesos, cualquier queso luego de su abandono en Madrid. Una hamburguesa sin queso y jugosa entonces del Paul’s Place en Saint Mark’s Place para Monfils. O si nos ponemos exquisitos una (the) DuMont Burger del mismo DuMont de Brooklyn. Nueva York tiene miles de restaurantes y millones de cocinas que nunca han preparado un alimento. Todo ocurre rápido en la gran manzana, no por las distancias, ni por una actitud febril de sus habitantes, sino porque hay mucho en cada rincón de la metrópoli. Incluso en los meses de Agosto y Septiembre hay un abierto de tenis en la ciudad. Un abierto, en la urbe más abierta y cerrada del mundo.
Nueva York lo tiene todo, como decían los Ramones. Y eso no es ser provinciano o viajado, es solo decir la verdad o más aún, clarificar con una certeza, el conocimiento de ver una vez, solo una, algo infinito con nuestros ojos.

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jueves, 9 de junio de 2011

París: Más que una fiesta.

Federer sin querer, lo mira a Nadal hacia abajo. Están tres a cero en el primer set de la final, y el suizo ha hecho todo lo necesario para pasarlo por encima al español.
Así de natural es el helvético en su tenis, que todo lo necesario, y que es mucho para cualquiera, parece hacerlo sin querer.
Ni la naturaleza ha sido tan natural antes de él. Y ni el hombre común pudo adquirir tanto de conocimiento y artificio hasta su llegada a las canchas.
Hoy Federer, es como el imán que jala al resto de jugadores hacia adelante, que los adentra hacia terrenos inexplorados y que también les muestra el camino hacia donde debería ir el Tenis. En París, en el primer set y ante un estadio repleto, pareciera que Roger no se detuviera sino para machacar con elegancia, si cabe el término, a un Nadal casi desconocido.
Pero entonces sucede lo que siempre sucede en París y Rafa de alguna manera, que no tiene nada que ver con el conocimiento o la naturaleza, empieza a ganar. Digo que no tiene nada que ver con el conocimiento lo de Nadal, porque tal esfuerzo no puede ser aprendido, ni enseñado, se nace con aquel. Y la naturaleza tampoco tiene mucho que ver con lo que sucede, porque lo de Rafael no es natural, ni es evolución…es sólo él.
En París y en cualquier lugar del mundo, todos quisiéramos estar en el equipo de Federer, y lo estamos. A Nadal lo dejamos solo y solo como tal, le va bien. Le va muy bien.

Los éxitos del suizo son los éxitos de los demás (entre ellos Nadal). Aquel no para de congratular la grandeza de Roger en cada oportunidad que encuentra. Lo malo para Federer, es que la mayoría de veces que esto sucede, es en la ceremonia de premiación de algún torneo importante, luego de un duelo entre ambos. Nadal está sinceramente convencido que Roger es el más grande, pero aún así no le para de ganar.
En la Philippe Chatrier, el resultado es una anécdota repetida. Es como una sorpresa continua que al final ya terminamos por esperar.
El español gana y ya visto todo el tenis que se ha visto en París, que Federer gane o pierda da paso a la confirmación, de que al suizo le quedan todavía, unos cuantos cartuchos que descargar. Unos cuantos cuartos de oro por llenar y unas cuantas premiaciones adonde debería asistir como partícipe y ganador.
El helvético le ha dado mucho al tenis; demasiado. Roger ha sido generoso con el deporte blanco y cualquiera en cualquier cancha se lo debe de agradecer.

Nadal mientras tanto, seguirá estando en su esquina más solitario que el suizo, pero con más gente llegando hacia ella. Personas escépticas, que de a pocos se van convenciendo que Rafael es un grande del deporte. Diez torneos de Grand Slam después, van tranquilizando las aguas y dejando todo en la medida justa.      
Nadal nunca ha jugado feo, sino distinto. El tenis que aquel practica se basa en un esfuerzo que pareciera sobrehumano, pero que no lo es. Podríamos decir que la providencia y la naturaleza hicieron a Roger lo que es. Como un regalo divino hacia los hombres.
De Nadal, podríamos concluir que se hizo solo. Como una escultura, no esculpida por otros, sino esculpiéndose a sí misma. De a pocos.
Nadal es diestro, porque lo es. Y zurdo, porque así lo quiso. Rafael entonces termina siendo lo que su esfuerzo quiera y deberíamos admirarlo por ello.
Un periodista francés en la Philippe Chartrier del domingo concluía, como sólo pueden concluir los franceses sus frases, que:

Federer es el tenista que soñamos ser (y no podemos) y que Nadal es el tenista que procuramos ser (y no podemos).

Es así, que el tenis de Federer es más vistoso, variado y técnico que el del español. Negarlo sería de necios. Pero a estas alturas, negarle méritos al tenis de Nadal es negar la esencia del deporte y la vida misma, el esfuerzo, el querer ser más siempre.
El domingo en París, la discusión queda zanjada en que Dios hace las cosas más bellas, siempre. Pero algunas veces, hombres tan comunes como Nadal dejan en ridículo a ese Dios y se erigen por un momento, en algo mejor que aquel.


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