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lunes, 12 de septiembre de 2011

Las puestas de sol en Queens

Debido al gran tamaño de Nueva York y a las infinitas dimensiones que se superponen en ella, es que se obtienen disímiles experiencias para los que viven o visitan la ciudad.
Por ejemplo, las puestas de sol que se observan en varios puntos de Queens no tienen comparación con las demás puestas de sol que se hayan podido experimentar en el tiempo. No se parecen en nada. Son incluso muy distintas, a los crepúsculos y ocasos que se dan en otros barrios de la ciudad. Esto podría deberse a que sus ocasos de sol aparentan comenzar antes, gracias al horizonte empinado que ofrece un Manhattan de fondo.
Como una barrera y también como un punto que atrae la vista de la persona que observa, los edificios más altos de la ciudad logran que el efecto sea muy diferente e impresionante para todo aquel que por un instante, desenfoca la vista de lo mucho que ha hecho el hombre en la isla y presta atención al detalle del sol incendiando pastos que se muestran muy altos en estos prados.
Como si se tratara de un ladrón entrando por los techos y azoteas de los edificios, el sol que desciende, pareciera tocar y tantear lo más valioso de la urbe, para luego también en el punto seguido, desaparecer con su botín en medio de las gigantescas moles.

Desde el principio del partido que nos entregan Nadal y Murray, lo vemos al primero intentar robarle el servicio a su rival. Aquí no cuentan ceremonias, ni formalidades.
El escocés aguanta la arremetida del español, yendo hacia adelante, intentando subir con las ventajas que Nadal le entrega al contrario. Como aquella pelota a mitad de cancha que el Rafa dispara.
Cuando Andy logra llegar a la net, el español intenta superarlo casi siempre con un revés cruzado, porque es al revés de Nadal donde lo vemos atacar a Murray. La mayoría de subidas del escocés son de su provecho. Una lástima que no lo haya intentado más de lo que debiera.
El español va sorteando como puede y también como debe, los backs cruzados que Murray logra meter en campo rival. ¿Y cómo es aquello?
Aquello del poder y deber se basa siempre en dar un golpe más, en alargar al máximo el punto que se juega.
Es de esa forma que el manacorense se hace fuerte ante su contrario y lo obliga a ceder un juego de su servicio. Eso en un partido que se presume cerrado desde el comienzo, se torna imposible de retornar por parte del escocés. Nadal mantiene su saque y gana la primera manga.

La puesta de sol que se ve hoy sábado en el Arthur Ashe, no defrauda a quienes viven en la ciudad, ni deja de sorprender a aquellos que la ven por primera vez.
La gente antes de los intermedios y descansos del segundo set, se va parapetando en lo más alto, buscando conseguir la mejor foto de todas. A ninguno de ellos les importa perderse algo de la acción que se vive en la cancha misma del estadio.
Algunos incluso, tratan de trazar un paralelo entre lo vivido durante el primer partido de la jornada y aquel astro, que gracias a las nubes altas de hoy, nos entrega una vista maravillosa, llena de colores y tonalidades de vida. El atardecer de un tenista no debería ser distinto a lo que se ha visto hoy. Nunca.

Son muchas veces, demasiadas, las oportunidades que el británico desperdicia para quebrar el servicio de Nadal en el inicio del segundo set. ¿Menos concentración de Murray y mayor fortaleza mental de Nadal?
Sí, mucho de eso hay en las excusas que pone Andy sobre las muñequeras que utiliza y los bolsillos del short que calza. Es como si estuviera descontento con lo que viste y no con la piel frágil que luce y muestra a su rival. Se preocupa por el largo de la tela, en lugar de fijarse en la armadura que se le resquebraja por los lados.
Ha decidido irse por la tangente para justificar un mal juego que viene realizando, y simplemente, pequeños detalles como esos que se discute a sí mismo, se le presentan perfectos para no admitir responsabilidades. Una tabla de salvación al día de hoy, pero que con el tiempo podría también convertirse en una cruz pesada, porque distrae la atención sobre lo importante.

“Andy, intenta enfocarte en lo que practicaste”…es lo que le repiten a Murray desde su esquina. Se lo refrendan cuando voltea buscando consuelo luego de haber fallado un punto fácil. Y se lo vuelven a recalcar en el instante mismo donde el jugador está sumando esfuerzos para darse la espalda y echar a pique sus naves.
Pero el escocés sabe que esa indicación aunque buena, no será suficiente; Nadal no ha sido su sparring en los entrenamientos. Y su coach no le ha devuelto las pelotas casi imposibles que el español le lanza desde el fondo.
Andy no puede sostener por mucho más tiempo el avance del contrario y entrega el segundo set luego de casi cincuenta minutos.
En el camino han quedado demasiados errores no forzados de Murray, e incluso también, debido a la poca efectividad de él mismo, menos puntos ganadores que su rival.

En el tercer set, el escocés arriesga todo y lo entrega también todo. Se ven los puntos más espectaculares por parte de ambos jugadores. Uno y otro, ya sean ganadores o perdedores de la jugada, acaban en las esquinas, los costados y también cerca de la net con cada pelota contestada.
Murray pide inspiración a gritos cuando pierde su propio servicio luego de haberlo quebrado a Nadal. Todo es demasiado sincero, ninguna emoción se la buscan guardar siquiera.
El británico mantiene con dificultades sus otros juegos al saque, pero no vuelve a perder uno de ellos durante toda la manga; casi al final de la misma, lo quiebra al español una vez más.
Los puntos disputados pueden ser cada vez más largos, dejar las pelotas casi sin pelusa, y hacer asomar las lesiones en la espalda, pero la tendencia es la de un Murray al alza hasta el final del set.
Hay poco más de cinco mil quinientos kilómetros entre la residencia de Londres de Andy Murray y Nueva York, pero hoy el británico al empezar el cuarto set, se siente en casa.
En concordancia con el anterior parcial y con la propia historia de la ciudad, decide querer más y también quererlo todo, al momento de seguir al ataque sobre el español.
Pero Nadal simplemente no se lo permite. Lo mantiene a gran distancia de él, con la confianza puesta en su primer servicio, que lentamente socava las bases recién afirmadas del escocés.
El español aminora los puntos ganadores, pero a su vez, también reduce sus errores no forzados. Allí es donde descansa la diferencia con Murray, que en el cuarto set aumenta todo a niveles de inflación. Los errores de Andy le pasan factura a su juego. La espalda entonces reemplaza a las vestimentas, como punto central de sus quejas. Al menos sus lamentos se sienten más reales, menos actuados. Y es que el británico ya percibe el final de todo.
Murray ha hecho un enorme trayecto hasta aquí, pero es Nadal el que camina en solitario el último tramo. El que se queda para ver una nueva puesta de sol en Nueva York. Tal vez la puesta del lunes sea más bella que la de hoy. Seguro será diferente. Todos nos quedaremos entonces para verla.


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Proezas en Nueva York

Es un partido formal el que proponen en un inicio, Federer y Djokovic. No arriesgan en sus golpes, no recorren con fuerza el campo de juego y tampoco miran con fiereza desmesurada a su oponente.
Los golpes que devuelven, parecen seguir un plan pactado por ellos mismos. Como una ceremonia ideada entre ambos, ya sea para un concierto antiguo que no existe más, o una guerra fría cuyas luchas más importantes se dan en campos distintos al principal. Son cientos de espectadores los que se encargan de buscar en las afueras por lo que no se ve adentro.

- Están en el grandstand - dice uno de los asistentes, señalando la cancha equivocada.

Ambos tenistas disparan, pero no les es posible encordar ni un poco de la magia que se necesita en estos encuentros; ni siquiera, un truco simple, capaz de ser desentrañado por el espectador que sigue con atención el partido.
Pegan, pero para ellos mismos. Golpean la pelota, sí, pero son como cañonazos de salva saludando a la escuadra enemiga antes del combate.
¿Se estudian? Nunca tanto, se conocen demasiado. Podría ser más bien, un repaso final de la lección aprendida. Solo eso.

Recién en el quinto game se sueltan de sus amarras y empiezan a proponer a la vez, golpes de puño y formas bellas que evolucionan en el aire. Eso es el tenis. La geometría siendo ideada para ser llenada casi de inmediato con el músculo.
Ambos van sumando sobre su juego. Haciéndose fuertes con el servicio.
Roger Federer podría mover a sus rivales en un espectro de 180 grados, y de 360 grados también, si las reglas de tenis se lo permitieran. Porque su humanidad, eso ya lo sabemos, le permite esas proezas.
Dominador tanto de la geometría plana como de la espacial cuando lo quiere así, desarma su golpe a veces en varias partes, para confundir al rival que tiene al frente y que le da la espalda a su vez, sin saberlo.
El suizo pareciera haber estudiado la geometría desde su principio en el tiempo, con los egipcios, y luego también haberles terminado por enseñar a ellos, lo que el mismo con la práctica y ya no con la teoría pura, había descubierto.
El fuego, su propio fuego, sería descubierto también en el Wimbledon del 2003.

Djokovic por su parte, siempre siguiendo, persiguiendo y repitiendo a su rival. Siempre imitando y mejorando. Aprovechándose del otro, pero para bien, para crear finalmente algo mejor.
Nunca dejando de seguir a su presa hasta la prehistoria. Reuniéndose en torno a los lechos de los ríos ya extintos y de los cassettes de vhs con las mejores jugadas de Federer, cuando aquel aún no era el Federer que todos conocemos.
Nole sigue reconociendo en la margen izquierda del río suizo que cruza, una oportunidad. Viendo en el terreno tanto de arcilla, de grass o del mismo US Open, las huellas y marcas características que deja Roger.
Hasta allí lo sigue al suizo. Hasta allí llega y encuentra a un Federer de veinte años. Tan insistente es el serbio en encontrar a su rival, que a veces lo memoriza lo suficiente, para poderse permitir continuar en su búsqueda al momento de cerrar los ojos. Su tenis así, no deja nunca de seguir sumando horas.

Mientras el primer set continúa su curso, los rivales persisten yendo de proeza en proeza. Juntando momentos que simplemente quedan fundidos, más que grabados.
Así llegan hasta el tie break, con Federer manejando una leve iniciativa que le da el poder sacar primero. El suizo se agarra de esos filamentos que sobran de la prenda hecha y desde allí, en solo un instante, lo descose por completo a Djokovic. Le gana la primera manga.

En el segundo set, Federer rápidamente quiebra a Nole. Sus decisiones son mejores y afectan el juego ya armado del rival. Se adelanta por unos pequeños instantes a la pelota que le mandan. Hay intuición de parte de Roger en estos momentos. Aquel se ha dado maña para construir un camino distinto, en ese enorme juego cerebral que desarrolla. Un camino hecho de ladrillos amarillos desde el Peekskill de Baum hasta el Queens de Federer. Una senda que el suizo sabe caminar sin ningún problema, porque ya es suya y siempre fue suya.
La diferencia comienza en el primer servicio de Federer y en la efectividad del mismo. Aún cuando un incidente surgido en los altos del estadio lo desconcentra lo suficiente para perder su servicio, el suizo tiene suficiente bagaje para quebrarlo de nuevo al serbio como inmediata respuesta. El helvético gana la segunda manga y se pone cada vez más cerca de otra proeza.

El serbio pareciera haberse quedado demasiado tiempo viendo los viejos videos de Federer, sin haber prestado la suficiente atención a este nuevo sparring que se le planta en la cancha central. Luce cansado solo en lo visual, como si el fruto de su cansancio fuera el trasnochar estudiando al rival desde una televisión prendida en su cuarto de hotel. Estudiando obsesivamente, hasta que las barras de color (SMPTE) de las televisoras lo despidieran en la noche y le volvieran a dar la bienvenida en la mañana.
Sus ojos pegados a esa pantalla, totalmente hipnotizados por el recuerdo de un Federer distinto al de hoy. Como si Nole estuviera imaginando jugar con el Roger de ayer y no con el rival actual.
El suizo le gana los dos primeros sets al serbio. Y aquel pierde ante dos rivales que son el mismo, que terminan jugando distinto también.

Pero Djokovic aprende muy deprisa. Su talento le permite seguir construyendo, mientras el contrario recibe los aplausos de una anterior jugada. Es en ese momento de reflexión que Nole sigue aumentando y sumando. De repente en el tercer set, ya puede jugar no solo contra el Federer de hace años, sino también contra el actual.
En la casi mitad del parcial lo quiebra a Roger y con cada minuto que pasa lo va opacando más y más. Novak le devuelve todo tipo de formas con los disparos que le lanza al suizo. Desde tallas de madera hasta esculturas en piedra. Desde figuras de mármol hasta armas de metal en forma de lanza y apuntando hacia el centro de su rival.
Aquel ha notado que el juego de piernas del suizo no es el mismo de sus dos primeros sets, el esfuerzo le ha pasado factura y es allí al costado de las líneas donde descarga sus mejores pelotas. El serbio se lleva la tercera manga.

Djokovic continúa su resurgimiento a costa de un Federer que a ratos parece ido, y por momentos también, totalmente entregado a la forma efectiva del juego de Nole.
Es en el cuarto set, donde las diferencias se acrecientan tanto, que los que esperaban el triunfo de Roger, empiezan a temer que la lucha se haya descarrilado para el suizo.
Y es que el liderazgo de Federer era exacto. Lo llevaba solo un poco más adelante que el serbio. El dominio de Nole, en cambio, es excesivo. Apabullante. Tocando los límites de lo grosero. Ocasiona una crisis seria en las matemáticas, que ya no dan el mismo resultado, por más que sumes las mismas cantidades, una y otra vez, una y otra.
Los dos sets del serbio no son iguales al par que tiene Federer en su haber. No lo son.

El quinto parcial se inicia con mejores augurios para Novak, pero ya al empezar el set se nota el cambio de actitud en el suizo. Ha decidido darlo todo finalmente, y todo, es lo que trae al Arthur Ashe.
El de Basel empieza sirviendo y descargando trallazos sobre el rival. El reinado de los ángulos imposibles ha vuelto a la pista y Djokovic se encarga de responder al desafío machacando también la bola con extrema fuerza y precisión sobre los puntos muertos.
Van juntos por las avenidas y se separan en las pequeñas calles y callejones al costado de las líneas, arman sus respectivas bandas y se encargan de licenciarlas para empezar a formar ejércitos. Imponen la leva en la ciudad y recorren muy temprano en la mañana los barrios más calientes para convencer a los mejores entre los buenos para que se unan a ellos.
Lo usan todo y lo gastan todo en su camino a la mitad de la quinta manga. Nueva York se ha cansado de brindar superhéroes y también de traer héroes reales a esta lucha de dos facciones que se presentan iguales en el quinto set.
Roger saca y pasa adelante para ponerse cuatro a tres en games. Nole sirve para volver a poner las cosas en su sitio, pero falla en su intento. Queda completamente solo cuando comete doble falta y también cuando termina por entregar el servicio.

Federer lo tiene todo servido y se acerca con tres saques seguidos a la victoria, para ponerse 40-15 en el game; doble match point para el suizo. Saca entonces, y lo que Nole devuelve a un costado, no se sabe aún cómo definirlo.
Sí, fue un punto, un gran punto. Pero, ¿no fue suerte? ¿No fue desesperación lanzando su último grito de la tarde? ¿No fue acaso también molestia por todas las oportunidades perdidas? Y todo esto desde el lado del serbio.
Desde la mitad de la cancha del suizo, fueron también muchas otras cosas luego de que se concluyó el punto. Cosas que se pueden decir y palabras que no se deberían nunca de juntar. No existen matemáticas para tantos insultos reunidos. Ni tampoco lenguas que los contengan.
El suizo no ganaría un game más en el partido y terminaría cediendo el triunfo.

Ese primer match point salvado, podría ser la bola que marque un antes y después en la carrera de Federer.
No lo queremos así, porque un nuevo capítulo a esta edad solo podría significar ir llegando al final del libro. Y aunque improvisada y magnífica como fue esa bola de Djokovic, no merece ni por asomo ser el punto final para los mejores triunfos del suizo.
No permitamos que la redondez de esa pelota de tenis nos confunda con ser un signo de puntuación. No permitamos esa mentira; y sobre todo, no dejemos que Federer caiga también en el engaño.


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jueves, 8 de septiembre de 2011

Apuros en Nueva York

Hay situaciones que no son frecuentes en Nueva York. Como escuchar los sonidos de unas campanas de iglesia. Existen, sí, pero no son habituales en el bullicio de la ciudad.
Para conveniencia de los que aún duermen o de los no creyentes, no es usual oírlas retumbar, ni tampoco escuchar las grabaciones que se tienen de las mismas.
Es posible también, que habiendo tantas cosas por hacer en Nueva York, haya cundido el olvido conveniente de no impulsar el badajo contra el metal o de reproducir siquiera el cd con la grabación de los tañidos por parte de los encargados de brindar esos servicios.
No importa mucho ello; la ciudad despierta y se mueve igual, al sonido de otra cadencia menos bulliciosa, pero mucho más frenética que la acompaña.
El corazón del neoyorkino late a mil cuando sale de su casa para enrumbar al trabajo, yerran los que creen que vivir en la ciudad sea solo una carrera de cien metros.
En lo que aciertan, es en lo referente a la mínima velocidad necesitada para la vida, pero ya se van equivocando (y mucho) con respecto a la pequeña distancia asignada a la misma.
Aquí estás sentenciado a que te duela el bazo, estés en forma o no, de que te duela, así hayas ayunado unas cuantas horas antes de salir.

Hay una tensión distinta en el ambiente. La lluvia asoma presurosa desde lo más alto, pero son los rayos surgidos en tierra los que causan los mayores estragos entre los tenistas.
El ambiente se carga de una peligrosa electricidad, fruto de ese nerviosismo de esperar, reiniciar y finalmente detener los partidos del abierto.
Los jugadores son los que más resienten esto. No hay tiempo siquiera de anunciar con anticipación de que ya deben de salir. Es una orden inmediata. Es un ya, nada más.
Algunos se quejan de que todo pareciera tener el ritmo afiebrado de las galeras romanas. Algunos otros imbuidos del ambiente, son felices afilando sus armas, ya listas para el abordaje del contrario.
Señas de por medio, se da el anuncio de que se juega. La batalla ahora es a tres bandas.

Se han programado tres partidos excepcionales al mismo tiempo, si apuráramos el paso entre canchas, sería como asistir simultáneamente a la misma cantidad de batallas distintas, o como disfrutar de la misma batalla dividida en tres.
Un crítico de arte (de los que abundan por aquí), ágil mentalmente y no tan apurado en lo que es cool, diría que esto es el tríptico de La batalla de San Romano, de Paolo Uccello.
Es como estar en Londres, París y Florencia al mismo tiempo, acotaría sonriendo.
Ya…

Nadal aún no se acomoda al ritmo de Nueva York. Esto del llegar e irse, y luego regresar, no va con él. Lo desconcentra tanto, que sus servicios terminan atacando el propio desarrollo de su juego. Dos dobles faltas en su primer game de saque. Estén seguros que eso es algo que no lo han de ver muy seguido.
Es normal e incluso usual, que el español entre nervioso a los partidos. Ese es su carácter. Pero estos errores puntuales tienen como causa la mala comunicación entre la organización del torneo y él.
Nadal se deja ganar por los yerros de afuera y pierde el rumbo ante Muller en el primer set. Pero este parcial, por ahora, no pasa de ser una simple lluvia. Solo eso.

Aquella lluvia no hace huir a todos los espectadores de la tribuna, enfundados en impermeables y protegidos por paraguas de múltiples colores, los más optimistas se quedan. Aún así, lucen tan empapados, que parecieran nutrias sacando medio cuerpo fuera del agua.
La caseta central del Arthur Ashe se apiada de ellos y les pone la música que tienen a la mano. Aburridos como están, la única diversión que tienen es aplaudir las continuas apariciones de los carritos que secan la cancha. Nada más.
Así esperan hasta la suspensión definitiva de la jornada. Un premio a la persistencia de todos ellos, que seguramente a partir de hoy, odiarán solo un poquito, un poquito nada más, el Singin’ In The Rain de Gene Kelly.

Si hubiera un jugador capaz de llevar agua para su molino ante el desorden que se vive, ese sería Roddick. “Agua para su molino”…el bombardero de Nebraska no está muy seguro de lo que es esto, pero igual, él va con una cubeta muy dispuesto a lo que le digan.
Todo aquello que no tenga que ver con la normalidad, y que asimismo tenga que hacer con lo extraño, con lo inusual, es territorio de “A-Rod”.
Es el origen y fin por el que lucha. Su carta de independencia con la que hace barquitos de papel en el agua.
Ante Ferrer logra un porcentaje de primeros servicios realmente notable y para subrayarlo lo conjuga con cuatro aces en solo dos games al saque.
Es por esto de su decepción cuando le anunciaron la suspensión del partido por la lluvia, él no pensaba en los peligros de jugar en una cancha como aquella, solo divagaba en su mundo, solo buscaba en completar un set que se anunciaba perfecto, solo pensaba en llevar agua para su molino.

Hay una responsabilidad distinta y mayor en lo de Murray hoy. Una seriedad que no debe soslayarse por parte del británico. Juega contra la sorpresa del torneo, contra el nuevo “favorito” de los medios norteamericanos.
Esos mismos medios, que ayer le levantaban la ceja a Young y evitaban seguirle mucho el rastro por problemático, hoy tienen que hacerle la corte. Es que vivimos en Nueva York y hoy paga más del doble el prestarle atención.
Murray tiene que jugar totalmente concentrado y listo a ganar el primer set de arranque, porque sino se le va a poner muy difícil el partido debido al apoyo que va a ir concentrando el norteamericano.
Murray tiene que ganarlo rápido, como si fuera neoyorkino o como si viviera en Nueva York. O por último, como si estuviera pernoctando por una segunda semana consecutiva en la ciudad. A veces con eso basta. A veces.

El ritmo frenético que se vive en el US Open, es el mismo ritmo impuesto a los neoyorkinos desde su nacimiento. El abierto tiene el sello de Nueva York por todos sus costados.
Es miércoles y por fin los turistas pueden entender un poco más y mejor, la locura que significa todo esto, el ambiente enrarecido que alguna vez engendró al hip hop o sirvió de cuna a los Ramones.
El sonido de la guitarra de Johnny Ramone no podría haber salido de otro lugar más que de un barrio neoyorkino. Así de simple.
Mientras un viajero intenta describir todo el cúmulo de sensaciones que va sintiendo desde su llegada a la ciudad y al open, aquel va soltando su rollo a unas velocidades cercanas al hip hop más arcaico, fraseando a unas velocidades que hasta ayer no solían estar allí.
Tal vez el amigo que nos cuenta su estancia, nos esté contando sin querer y sin que se dé cuenta, la excusa perfecta para quedarse por aquí.
Sí, ser neoyorkino es un evento de sangre, pero también está hecho sobre el esfuerzo continuo del inmigrante que llega. Nunca olvidemos eso. Nunca.


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jueves, 1 de septiembre de 2011

Enfermos y recuperados en Nueva York

El día comenzó con una recurrente burla. Aquella vieja broma de que Soderling se retiraba del US Open. Sonrisas de por medio, el encargado de brindar la noticia la volvía a repetir…Soderling está fuera del torneo y su lugar lo ocupará Rogerio Dutra.
Un mazazo tremendo para todos al principio, luego las clásicas chanzas sobre el gigante sueco, las cuales lo comenzarían a comparar maliciosamente con el Vasa. Típico y cruel humor neoyorkino, aquel de bailar sobre la cubierta mojada del galeón a punto de hundirse.
Su retiro de Montreal, su no aparición en Cincinnati y su deterioro final en Nueva York lo convertían en un blanco muy fácil de pegar. Al comenzar el tercer día, Soderling pasaba a ser el Vasa y a cambiar Estocolmo por el Upper Bay como lugar de naufragio.

Rogerio Dutra, el reemplazo, tenía solo unas horas para ensayar sus líneas y repetir sus parlamentos. Solo unas horas para intentar sorprender al irlandés, que fungía hasta antes de la primera ronda, de ser rival de varios y sin rival aún.
Y lo sorprende en el primer set, lo atrapa como nos atrapa Nueva York. Dejándonos en blanco, en cero, debiendo. Un winner en toda la primera manga para Sorensen. Uno solo.
Las fuerzas se igualan en el segundo set y vuelven a inclinarse hacia el brasilero en el tercero; era suficiente para el irlandés. Él también, como una sombra posterior de Soderling, podía retirarse. El enigma Dutra lo había vencido, nunca lo pudo descifrar.

Las mejores vistas de los rascacielos de Nueva York las tienes alejándote de ellos. En el camino a Liberty Island por ejemplo, cuando tomas el Ferry y simplemente volteas hacia atrás. O cuando te escapas de improviso a Central Park de noche y los ves brillar como si la perfección por fin le pudiera pertenecer al hombre. El acero y el vidrio, dos extremos imperfectos, se unen para crear la perfección.
El Empire State fue erigido en un año. A Juan Martín del Potro le tomó dos semanas erigirse, apuntalarse en la historia de Nueva York. El tenista argentino alguna vez prometió regresar, le significó harto esfuerzo el poder volver. Este miércoles cumplió su promesa, con idas y venidas, pero la cumplió.
Claro que existen otros jugadores que actúan en el torneo y que asimismo lo han ganado; también están los otros, que se levantan a mayores alturas que su gigante persona, sean jugadores o no, solo hay que darse una vuelta por cualquier calle de la ciudad o entrar a ver un partido en el torneo. Claro que existen, pero las consideraciones con del Potro son otras.
En la cancha del Armstrong le da una terrible lección a Volandri. De esas clases magistrales que acogotan el espíritu del alumno por su complejidad y no lo dejan volar, ni menos contestar. Que aburren al alumno y aburren a los espectadores. Del Potro hoy no está para exquisiteces, ni mayores brillos. Solo está y se encuentra aquí, para cumplir una promesa, para apuntalarse en medio de la cancha, para nuevamente formar parte de la vista de la ciudad.
Desde Central Park o camino a la Liberty Island. Desde la olvidada Roosevelt Island, antigua casa de locos y criminales, lo han de ver a Del Potro, porque el tandilense está intentando enhebrar una locura, cometer un gran crimen; aquel que le indica el regreso a la vida, a su vida, a ser grande aquí en Nueva York. Justamente aquí, en la ciudad donde se reúnen los ogros y gigantes. Justamente aquí, donde el ya fue grande.
Juan Martín le da una terrible lección a Volandri, le gana en sets corridos. Pero sin brillos. Le basta con ser eficiente, tal vez mecánico. El acero y el vidrio, imperfectos como son, lo vuelven perfecto.
Se dice que logras la mejor vista de los rascacielos alejándote de ellos. Tal vez deberíamos, por esta vez, hacer justamente lo contrario. Dar entonces la vuelta y aproximarnos a las canchas del Flushing Meadows. Acercarnos para ver a Del Potro, que no ha de rascar el cielo, sino que lo va a intentar tocarlo por segunda vez. Un gigante de verdad.

Andy Murray le gana con algún tipo de complicación a Devarmann. A veces dentro del partido y otras veces fuera, el escocés debería cambiar al terapista que lo ve hasta hoy. Debería en su lugar, meterse por los recovecos de esta ciudad y hacerse leer las cartas. Si necesita refuerzo a su carácter, cualquier gitana se lo va a dar.
Un billete grande, y la mujer luego de leerle también las manos, lo ha de convencer que es el mejor. Lo ha de convencer que tiene el mejor back del circuito. Luego de leerle la palma de la mano y para confirmar también, el revés de aquella.
Murray necesita esos refuerzos que lo mantengan en el camino, pues muy fácilmente pareciera irse de los partidos.
Ya no solo basta con jugar bien. El juego se ha convertido en algo tan competitivo, que para ganar a otro, se debe traer a la mezcla cualquier cosa que pueda servir.
Murray, siendo un poco gitano (de carácter), como es, debería saber de estas cosas de antemano. Para ganar en Nueva York, se necesita de toda la artillería con que pueda contarse y de cualquier fórmula que sume más de lo ya sumado. Solo así va a poder vencer en la Gran Manzana.

John Isner pareciera haberse fugado de una exhibición entre la Central Park West y la 79. Pareciera tener una armazón entre natural y diseñada por el hombre. 85% huesos, y el restante material, creación genuina del hombre.
Un Parasaurolophus. Un herbívoro. Un gigante buenote, que pareciera no estar completamente cómodo siendo bípedo. O que finalmente podría estar igual de cómodo siendo tal como es.
El estadounidense le gana a Baghdatis. El chipriota, un ser más bueno incluso que nuestro gigante preferido. Un tenista querido por el público y los jugadores, le da dura pelea a Isner. Lo lleva a cuatro sets, incluyendo dos tie breaks. Nada de eso parece importarle al mediterráneo en el momento de darle la mano a su rival. Una amplia sonrisa refresca la tensión entre ambos. Hay dos acepciones y dos sinónimos para la palabra carismático. Estos son, Baghdatis y Marcos Baghdatis.


Hay que procurar la estadía de Roddick en la ciudad. Hacer que haga lo que quiera, que se sienta contento y que vibre más los partidos, porque parece que se está yendo. No hay que dejar que lo haga entonces. Hay que bajarlo de la cuerda.
Año 1984. Henry Garfield, más conocido como Henry Rollins canta en Black Flag. Canta The Swinging Man. Nuestro Swinging Man es Andy Roddick, y si lo queremos como dice la canción, lo vamos a bajar de la cuerda, o del trompo o barrena donde haya entrado.
En el Arthur Ashe, Russell lo hace sufrir más de la cuenta. Lo lleva a cuatro sets. Un tenista mucho mayor que Roddick lo hace sentir viejo a aquel.
Algo sucede entonces, cuando el leve parecido entre Rollins y Roddick los hacen verse aún más alejados entre ellos. No queda mucho del espíritu combativo en el tenista, no queda nada de la torpeza explosiva que podía enredar al tenista más inteligente en la final de Wimbledon.
Roddick gana, pero pareciera estar al otro lado de la pista. Incluso en otra cancha. No hay que dejar que se vaya, no hay que dejar que piense entonces, porque queremos a nuestro viejo Roddick. Al torpe que ganaba los partidos, pero que también los vibraba.


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martes, 30 de agosto de 2011

El sol de Nueva York

El sol ilumina la mañana de Agosto en Nueva York. Ilumina el tramo, la parcialidad o totalidad de los hombres que han llegado hasta aquí.
Ilumina el enorme deseo de Lu contra Tsonga. La resistencia entregada en enteros. La primera ronda del Open es un drama demasiado importante para dejar de contarlo.
Lu también es protagonista, y tanto, que su aspecto juvenil iguala su propio fondo. Son veintiocho años batallando. Y poca gente, muy poca lo conoce. Alguien en primera fila pregunta por el “juvenil” asiático. Algún otro de atrás, de muy arriba en las graderías, cree haberlo visto durante la segunda semana del torneo el año pasado. En el campeonato juvenil, eso es.
Tsonga gana finalmente, en sets corridos. De verás es duro el drive del francés. Cualquier cuadro de campeonato se abre al deseo de su mano. Y a la presión que desde allí se imponga.

El sol de Nueva York no solo sale para todos, sino que logra alumbrar e iluminar a todos. El joven Bubka lo sabe. Tiene ya veinticuatro años y su primer sorbo, sino gota de gloria, lo recibe aquí en Flushing Meadows. El primer triunfo en un Grand Slam.
Tenía que ser entonces al mediodía, en eso consistía la jugada, en que la hora fuera distante del alba y del ocaso casi por igual, en que la hora lograra que la sombra del padre no fuera tan larga y no se proyectara hacia el infinito y lo dejara a aquel en oscuridad.
Nadie sabe si el buen Sergey vino a observar a Sergei. Lo que se sabe, es que hace unos días el siempre correcto Jim Courier calentó y jugó un rato con el joven Bubka. ¿Qué tanto lo calentó?...nadie lo sabe, o tal vez sí. Los mejores conocedores dirían, que lo hizo tanto como lo haría un sol generoso en Agosto.

Si quisiera, Gulbis podría no jugar más al tenis. Pero no lo quiere así. El lituano es millonario. Millonario y talentoso. Y si nos vamos por la otra margen, si así también lo quisiera, Gulbis podría ser mucho mejor y ser sobre todo más consistente en su tenis. Pero tampoco lo quiere así.
Cada año que pasa, la promesa de su despegue tiene un nuevo retraso. A veces se olvida de quién es y otras veces, se toma demasiado en serio. La cuestión es que siempre se queda a mitad de camino. Nunca le alcanza el combustible para llegar.
En la primera ronda vence a un Youzhny deslucido y desenfocado. Lo hace añicos. Conociendo al ruso, debe haber hecho varias veces crack por dentro. Su ropa de seguro lo mantuvo unido. Al menos por un momento. Una vez que se la haya sacado luego del partido, debe haber caído con ella. Ya hecho pedazos o añicos. Cualquiera de las dos posibilidades que tenga los trozos más pequeños.
El lituano mientras tanto debería tratar de pensar fuera de su circuito usual. Mudarse a un estanque distinto, porque aquel donde está, ya no lo deja respirar. Dejar entonces de ser alimentado por trozos de babkas, spurgos y sakotis, para empezar a coger la torta completa. Ya es tiempo.

Hubo alguna vez en Nueva York y durante el lapso de poco más de ciento diez años, un periódico llamado The Sun. Conservador como pocos e icono de un periodismo serio que no pudo sobrevivir al tiempo, fue aquel diario casa del gran Francis Pharcellus Church. ¿Qué habría pensado el viejo editor sobre el US Open actual? ¿Quién sería su jugador favorito?
Solo podemos imaginar y desear que lo fuera Djokovic. Que lo fuera luego del mal traer y llevar al irlandés Niland el día de hoy. El editor habría logrado poner en su contra, en un inicio, a una de las más grandes comunidades de la ciudad, pero igual habría escrito y deleitado con sus letras.
En la cancha del Arthur Ashe existe Djokovic, solo él. Niland estuvo equivocado en abandonar tan pronto, pero estuvo más desacertado aún, en imaginar hacerle un mejor partido al serbio. Porque solo aquel a quien se le rompe la propia ilusión, puede acabar devastado como queda el irlandés al final de su abandono. Con las propias manos cubriéndole el rostro. Niland es sobre todas las cosas, un hombre.
De su tragedia, el editor Church habría construido el mejor hatajo de letras. Era el primer partido de Grand Slam para aquel, al menos de los que cuentan en las estadísticas. Pero bajo la superficie del gran torneo, poca gente podría contar que el mismo Niland gana tres partidos para llegar a la derrota de su peor martes. Entonces, después de todo, esas manos cubriendo el rostro del irlandés, son también las de un héroe cansado, que existe como Djokovic y que no es menos a pesar de su abandono.
Aun así, Djokovic habría sido el favorito de Church al mediodía. Y Nadal a su vez, lo sería para la edición vespertina de The Sun. Y todos felices entonces, con la pluma del viejo Francis deshilando las incidencias del torneo en ambas ediciones.

James Blake es de Nueva York, de Yonkers para ser más precisos. ¿Y cómo es Yonkers? Es un típico caso de ciudad en Estados Unidos. Una ciudad que tiene la misma cantidad de población desde hace casi cincuenta años, pero cuya composición determina las diferencias con el ayer más lejano. Yonkers también es suburbio de la ciudad de Nueva York. Con un universo propio, pero asimismo, como parte importante de la gran manzana que compone. Cuando el sol sale en Gotham, no se pone en Yonkers podría ser un lema de la ciudad. Lema que la ubicaría no como rival, pero tampoco como igual a la urbe de hierro.
Eso último poco le puede importar a Blake, pues aquel ya no vive en Yonkers, ni en Nueva York, sino en la lejana Florida.
El estadounidense gana en la Armstrong en cuatro sets, dejando demasiadas dudas para la segunda ronda. Porque ya no es el que era, y para ser sinceros, tampoco lo fue por mucho tiempo en el pasado. Recordemos, Blake tiene treinta y un años y vive en el estado de Florida. Queens, hoy por hoy, ha dejado de ser su patio de atrás.

Nadal camina sobre la cornisa del rascacielos, de un rascacielos que se diferencia de los otros, por ser más alto, y por tener formas distintas, casi raras, que confunden la vista y los pies de quien avanza.
Nadal termina siendo quebrado muchas veces durante el partido. Golubev lo lleva de un lugar a otro. Lo saca a pasear por toda la ciudad, le hace el tour, pero aún así no le gana. Le falta cabeza y tranquilidad al kazajo. Muchos winners a su favor y demasiados errores no forzados en la cuenta del tenista asiático.
Nadal se esfuerza y logra obtener todos los puntos importantes del partido. Fueron tres sets, pero pudieron ser cinco o más, si pudiera haber más sets. Pero sobre todo, pudo significar la primera derrota para el español en primera ronda. La primera antes del último sol de Agosto en Nueva York. Septiembre espera ahora por Nadal y los que ganaron hoy. Septiembre espera.

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Nueva York lo tiene todo.

Nueva York lo tiene todo. Tiene por ejemplo, desde finales de Agosto y por el lapso de dos semanas, el torneo que cierra la temporada de los Grand Slam.
Nueva York cuenta con todo. Cuenta también, por así decirlo, con una porción mayor al todo, cuando un joven de apellido Harrison se da maña para batallar contra el gigante Cilic y tenerlo contra las cuerdas, en un deporte que justamente carece de ellas.
El moderno Goliat gana finalmente, pero nada queda fuera de los cálculos. Tan grande es la historia de Nueva York que puede permitirse el reescribir los relatos antiguos sin ningún tipo de ofensa o queja por parte del público asistente.

La interestatal 678 te lleva del aeropuerto John F. Kennedy al parque Flushing Meadows –Corona que es donde se lleva a cabo el Open de los Estados Unidos. Gotham es a veces tan grande, que es necesario recalcar que el área metropolitana de la ciudad tiene dos aeropuertos más que sirven a la misma. La sorpresa continúa, si develamos que en un futuro y a más de 60 millas habrá un cuarto aeropuerto funcionando para seguir contribuyendo a ese enorme caldero que finalmente es Nueva York.
Pero la mayoría de tenistas llegan al país por el terminal que queda en Queens. Y es en Queens, en el Hotel Marriot del Ditmars Boulevard, donde muchos de ellos se hospedan.

No muy lejos de allí, en el famoso Queens College, el por entonces desconocido Jerry Seinfield se graduaba en teatro y comunicaciones. Corría el año 76 y el que hacía marcas sobre la pista central del West Side Tennis Club de Forest Hills era Jimmy Connors, ganador de ese año en arcilla. El único tenista que ha ganado el torneo en sus tres superficies distintas.
Escondido ya de las cámaras, el estadio que albergó esa final y las finales del torneo hasta el año 78, se va cayendo a pedazos. Poca gente sabe de esto. Nueva York es tan grande, que tales tragedias pueden esconderse de la mayoría de la gente, por largo tiempo y con gran silencio.

En cambio, hay vítores que irrumpen en el nuevo coliseo, que conmueven la Arthur Ashe del día lunes. Antes de que empiecen los partidos de noche, Mardy Fish le da una lección de Tenis al germano Kamke. ¿Y quién es Kamke?, se preguntan algunos eventuales que le hacen barra al local y dejan algo de lado al extranjero. Lo que se sabe, es que el alemán es de la ciudad de Lübeck. Famosa aquella por los mazapanes, aquel alimento suave que se deshace al contacto con la boca. Kamke es un buen mazapán, se deshace aún antes de llegar a la boca de Fish. Se desbarata con la sola mención del nombre de aquel.

Nueva York después de todo, como cualquier ciudad, es conocida por aquellos que triunfan aquí y por aquellos otros que solo buscan hacerse famosos asociándose a su nombre. Que buscan crear el impacto necesario con su presencia, un leve temblor de piso al llegar. Unos quince minutos de fama.
La cáscara de chocolate de la pastelería del Tonnie’s Mini se está volviendo famosa en todo Harlem. Le está tomando menos tiempo que el cambio que se da en la corteza de Manhattan. Ubicada en la Lenox Avenue y a un par de cuadras del teatro Apolo, la pastelería recién mudada no ha sido aún víctima del temperamento del barrio, marcado por la falla de la calle 125. Sí señores, hay una falla tectónica que cruza pleno Harlem.
Mientras tanto en Flushing Meadows, el colombiano Falla crea uno de los primeros impactos en el torneo, al derrotar en cinco sets al serbio Troicki. Un leve temblor, un golpe en las apuestas al darle vuelta en el marcador.
El colocho se guarda de darle más que un apretón de manos a su rival vencido, los que han perdido y lo han hecho continuamente, saben que hay cosas que duelen más que la propia derrota.

Solo un poco después, Giraldo, el compatriota de Falla, es testigo de que sus mejores golpes no tienen el efecto necesario sobre la andadura de Federer. Al final, el suizo se cuida de evitar darle algo más que la mano a su rival. Sabe de la derrota, a pesar de no estar asociado a ella.
El próximo rival del helvético será Dudi Sela; el israelí que siempre pareciera empatar su mejor performance cuando se comenta de él. Otra vez segunda ronda para el nacido en Tel Aviv, otra vez ante un héroe de la urbe de hierro, así lo confirman los cinco títulos de Federer aquí y su mejor porcentaje en torneos de Grand Slam.

Mucha gente se pregunta, ¿por qué tantos héroes hacen sus nidos en esta ciudad?...hay algo de animal antes que humano en los héroes, lo que nos permite preferir la palabra nido a casa para ellos. Y hay algo de jungla antes que de ciudad en Nueva York. Lo que nos permite inferir la preferencia de mutantes, alienígenas y hombres solitarios por este pedazo de tierra extraña.
Desde el Bronx hasta sus límites con Yonkers, de Long Island hasta la (a veces) aburrida New Rochelle, o si preferimos, el tramo corto que va de Midtown hasta Queens, varias veces Queens, por la cantidad de superhéroes que esta zona urbana ha legado a los comics, los seres extraños han optado por aparecer en las páginas de sus múltiples guías telefónicas.
En Douglaston creció McEnroe, que es un poco héroe y villano, y otro poco, mutante alienígena y Dios del Tenis. Allí crece su amor por el deporte, como una venganza y como un virus sin curación. Dice desde su tribuna, que uno de los cuatro grandes ha de ganar el torneo. No cree en sorpresas el viejo John, ni tampoco en el té de tías, es algo así como un Dios demasiado grande y cansado para comentar alguna novedad.

Hay una vieja leyenda recurrente e insistente en las imprentas de la ciudad. Aquella que traslada a los Ramones a cualquier punto del globo para pedir una hamburguesa o papas fritas en las cadenas americanas de comida rápida. Hay algo de amor por la cocina de su niñez y hay algo de provinciano también, en ser vecino de la ciudad más grande del mundo.
Gael Monfils es el contrario de Johnny Ramone. Desbarata a Dimitrov en tres sets y desbarata a su vez, el mito del ombliguismo francés en cuanto a sus comidas. El galo siente que podría comer cualquier alimento en medio de su estancia neoyorquina. Para sliderman, el único no, la única kryptonita en su dieta, serían los quesos, cualquier queso luego de su abandono en Madrid. Una hamburguesa sin queso y jugosa entonces del Paul’s Place en Saint Mark’s Place para Monfils. O si nos ponemos exquisitos una (the) DuMont Burger del mismo DuMont de Brooklyn. Nueva York tiene miles de restaurantes y millones de cocinas que nunca han preparado un alimento. Todo ocurre rápido en la gran manzana, no por las distancias, ni por una actitud febril de sus habitantes, sino porque hay mucho en cada rincón de la metrópoli. Incluso en los meses de Agosto y Septiembre hay un abierto de tenis en la ciudad. Un abierto, en la urbe más abierta y cerrada del mundo.
Nueva York lo tiene todo, como decían los Ramones. Y eso no es ser provinciano o viajado, es solo decir la verdad o más aún, clarificar con una certeza, el conocimiento de ver una vez, solo una, algo infinito con nuestros ojos.

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